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Creemos:
que solo la Escritura representa la única regla válida de fe y práctica para la
iglesia cristiana. Ninguna revelación individual, ni manifestación, ni criterio
particular, ni experiencia irá por encima de lo que ha sido ya revelado en la
Palabra de Dios. Con esto nos reafirmamos en uno de los postulados más
importantes de la Reforma: la Sola Escritura.
Creemos:
que Dios desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó
libre e inalterablemente todo lo que sucede. Sin embargo lo hizo de tal manera
que Dios no es autor del pecado, ni hace violencia a la voluntad de sus
criaturas.[2]
Creemos:
que a causa del pecado que libre y voluntariamente Adán y Eva cometieron, la
muerte espiritual entró en la raza humana de tal manera que afectó a toda su
descendencia. Por tal razón los seres humanos nacen con una naturaleza
corrompida e inclinada al pecado. No pueden por sí mismos hallar el camino a
Dios, ni cumplir sus requisitos.[3]
Creemos:
que Dios, por el puro afecto de su voluntad quiso escoger para salvación a
ciertas personas, no por sus méritos ni cualidades particulares, sino por su
elección soberana. A este pueblo elegido sacó de su condición espiritual
miserable por medio de la iluminación y vivificación de su Santo Espíritu.[4]
Creemos:
que tal acto soberano de elección está enseñado claramente en la Escritura y el
mismo de ninguna manera hace a Dios injusto, sino que por el contrario exalta la
grandeza, la soberanía y la justicia divina.[5]
Creemos:
que el pecador elegido es llamado eficazmente por medio del Espíritu Santo,
quien lo regenera y vivifica, cambiando el corazón de piedra por un corazón de
carne; lo cual produce como resultado un genuino arrepentimiento.[6]
Creemos:
que el único medio de salvación establecido en el Evangelio es la Justificación
por la fe solamente. Al pecador arrepentido le es imputada la justicia de Cristo
de manera que es santificado por medio de la expiación y es adoptado como hijo
de Dios. Las buenas obras son el resultado y evidencia de una verdadera
regeneración, pero no son el medio por el cual podemos ser salvos. De manera que
sostenemos conforme a las Escrituras, que la redención del impío es un acto
total de la gracia de Dios.
Creemos:
que es imposible que un verdadero creyente pueda perder su posición como hijo de
Dios y la vida eterna que ha sido prometida a todos los redimidos. Esta
redención, no solo conlleva el acto legal de la justificación, sino la recepción
del Espíritu Santo en el interior del redimido, que se convierte en morada o
templo del Dios Altísimo desde la misma conversión.
Creemos:
que el creyente posicionalmente está completo en Jesucristo. Está llamado sin
embargo a una vida piadosa y sometida a la voluntad divina. Sostenemos que la
plenitud o llenura del Espíritu viene como consecuencia de la autonegación, la
renuncia al pecado y la total entrega del redimido a la voluntad divina.
Bíblicamente es un proceso continuo en el cristiano y no puede ser jamás
confundido con una experiencia emocional o extática En el verdadero sentido del
texto, el mandato es a ser "constantemente" llenos del Espíritu, y esto se
demuestra, como vemos en los subsiguientes versos, en un estilo de vida, y no
necesariamente en una experiencia momentánea.
Creemos:
que las emociones, como parte de la naturaleza humana, forman parte de la vida
cristiana y de su legítima expresión. No deben ser éstas, sin embargo, las
responsables de la determinación del propósito divino, ni de la interpretación
de la verdad, ni del discernimiento espiritual. Declaramos que solo la palabra
profética más segura, la Biblia, será la antorcha que alumbre a la iglesia y al
creyente cuando camine en lugar oscuro.
Creemos:
que el bautismo del Espíritu Santo es exactamente lo mismo que el nuevo
nacimiento o la regeneración. El creyente es bautizado con el Espíritu Santo una
vez para siempre cuando se convierte y no en una o más experiencias posteriores.
La señal o evidencia de ese bautismo del Espíritu Santo es el fruto del Espíritu
y no el don de lenguas o “glosolalia”, ni ningún otro don espiritual.
Creemos:
que por medio de la salvación el redimido es totalmente librado de la potestad
de las tinieblas y de Satanás y trasladado al reino del amado Hijo. La teoría de
que un creyente puede ser poseído por un ente espiritual inmundo o que puede
heredar de sus ancestros tales influencias, representa una severa aberración de
la enseñanza bíblica. Afirmamos que la lucha del cristiano contra el adversario
es librada desde su posición en Cristo con la armadura que Dios le ha dado y
contra un enemigo que ya ha sido derrotado en la cruz del Calvario.
Creemos:
que el término unción, bajo el Nuevo Pacto, es sinónimo del Espíritu Santo. Por
ende existe una sola unción que es recibida en la conversión, y no en una o más
experiencias posteriores. Los atributos de la unción y del Espíritu Santo son
los mismos en la Escritura: permanece en el creyente, y le enseña todas las
cosas que debe saber.
Creemos:
que la salud espiritual de un redimido no se mide sobre la base de su
prosperidad económica o salud física. Declaramos que las prácticas de confesión
positiva, visualización, o cualquier otra técnica en la cual el creyente
pretenda manejar el poder de Dios o que le obedezca a ciertas palabras o
reclamos, representa una afrenta a la soberanía divina y una práctica
anticristiana perteneciente al discurso de la Nueva Era.
Creemos:
que la Escritura no establece estilos sino principios de adoración para el
creyente neo-testamentario. Los estilos y formas pertenecen más bien a la
expresión del individuo y a la cultura de un pueblo. Los estilos son variables,
pero los principios son inalterables. La adoración genuina debe ser sincera,
voluntaria y dirigida a Dios en actitud de humillación, y total entrega. Para
que la misma sea legítima debe desarrollarse como Jesús enseñó: “en espíritu y
en verdad”. Rechazamos cualquier teología de la adoración que pretenda imponer
su propio estilo y práctica por encima de otras expresiones litúrgicas.
Creemos:
en el poder de Dios para sanar y obrar milagros en la actualidad. Ese poder
actúa conforme a su soberana voluntad y no está sujeto a la voluntad humana, ni
puede ser manipulado por ningún ser humano, ni transferido a objetos. Rechazamos
la promoción y el uso de objetos, alimentos, amuletos y artefactos como
milagrosos o facilitadores de milagros y señales.
Creemos:
en todos los dones o carismas que el Espíritu Santo ha repartido a su Iglesia
para edificación y bendición del cuerpo de Cristo. Tales dones habrán de ser
administrados conforme a los principios establecidos en las Escrituras. A su vez
declaramos que el fruto del Espíritu Santo y la vida piadosa son los mejores
indicativos de la salud espiritual de la iglesia cristiana.
Creemos:
en la necesidad de que toda la cristiandad experimente un genuino despertar
espiritual o avivamiento. Este despertar, de acuerdo a la Escritura, debe estar
caracterizado por un gran amor y perseverancia hacia la Palabra como corte final
de arbitraje y única palabra profética segura. También una carga por las almas
que aún no han recibido el evangelio, y una convicción de pecado y humillación
del pueblo de Dios. Todo ello trayendo como resultado una iglesia comprometida
con la verdad, con la vida piadosa y con un profundo amor hacia la familia de la
fe y al prójimo en general. Las señales y maravillas podrían acompañar tal
evento, pero no representan la sustancia del mismo. Rechazamos las enseñanzas y
corrientes actuales de algunos llamados avivamientos. Esto es, todo tipo de
manifestación que sea contraria a la Palabra, al carácter del Espíritu Santo, y
que no aporte en nada a la salud espiritual de la iglesia cristiana.
Creemos en la sagrada
institución del matrimonio, según lo ordenado por Dios en su Palabra: un hombre
y una mujer. El matrimonio es un pacto que constituye a ambos cónyuges en una
sola carne y cuya vigencia será para toda la vida. Es un estado honroso que trae
bienestar y bendición para la pareja cristiana y su prole. Solo la muerte de uno
de los cónyuges y la infidelidad harán nulos los votos del pacto matrimonial
contraídos ante Dios en plena conciencia de las partes. Rechazamos totalmente
cualquier otro concepto de matrimonio que no esté en acuerdo con los estatutos
de Dios revelados en su Santa Palabra.
Creemos:
en la labor profética que tiene la iglesia cristiana en medio de la sociedad en
la que le ha tocado vivir. Esta labor implica la proclamación de la verdad de
Dios, defender toda causa justa y oponerse a todo aquello que sea injusto y
pecaminoso, de acuerdo a los principios absolutos de Dios. Creemos que la
iglesia tiene el deber de denunciar la inmoralidad y hacer todo lo que esté a su
alcance, según los principios del Evangelio, para que tengamos una sociedad más
justa y donde se promuevan los valores cristianos. Separación entre la iglesia y
el estado no quiere decir sacar a Dios de los asuntos civiles, ni tampoco el que
la iglesia se mantenga ajena
a todo aquello que pueda
menoscabar la justicia, la libertad de culto y los absolutos de Dios.
Creemos:
en la unidad de todos los cristianos bajo los principios fundamentales de la
Escritura. Reconocemos que puede haber diferencias de menor importancia que no
deben ser motivo de separación (estilos de bautismo, estilos de adoración,
diferencias escatológicas, gobierno de la iglesia). Identificamos como doctrinas
esenciales: Salvación sólo por gracia, Inerrancia y autoridad de las Escrituras,
Divinidad de Cristo y la Trinidad. Rechazamos cualquier movimiento o filosofía
de unidad sincretista
y ecléctica en la cual se niegue nuestras creencias fundamentales o se promuevan
los errores mencionados en esta declaración.
Creemos:
en la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo, la resurrección de los muertos
y el juicio final. En un día que solo Dios conoce, Jesucristo descenderá del
cielo visiblemente y reunirá a sus escogidos, resucitando a los muertos en
Cristo y transformando a los creyentes que estén vivos. También los otros
muertos serán resucitados y reunirá a todos los seres humanos para comparecer al
día del juicio. Todo aquél cuyo nombre haya sido inscrito en el libro de la
vida, será recibido en la gloria celestial. Pero aquél que no esté inscrito,
será arrojado al castigo eterno en el gran lago de fuego y azufre.
Nosotros,
la Iglesia Bíblica Emanuel, declaramos que los puntos mencionados en este
documento representan un breve resumen de la verdad de lo que la Palabra de Dios
enseña, por lo cual nos comprometemos ante nuestro Señor y su Iglesia a sostener
estas verdades con humildad, pero con firmeza y perseverancia.
2 Pe. 1:19, 21; 2 Tim. 3:16; 1 Jn. 5:9; 1 Tes. 2:13
Rom. 5:12, Ef. 2:1-5 Rom. 3:10-12, 1 Corintios 2:14
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