La Verdadera Esencia del Avivamiento
Por: Charles Haddon Spurgeon (1834-1892)
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues
es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. EFESIOS 2:8,9.
Nota del Traductor
Con dolor vemos que muchísmas iglesias carecen de la vitalidad necesaria para
cumplir con la comisión que les fue encomendada por el Señor y algunas otras
están siendo arrastradas por un “falso avivamiento” basado en el emocionalismo.
Esta reflexión, escrita hace más de cien años da justo en el clavo con
respecto a lo que necesitan las iglesias de Dios y en general los que profesan
el Cristianismo.
Alexander León J.
Avivamiento espiritual, La necesidad de la Iglesia.
“Oh Jehová, aviva tu obra, en medio de los tiempos” Habacuc 3:2
La religión verdadera es obra de Dios: es pre-eminentemente así. Si Él fuera a
seleccionar de entre sus obras aquella que Él estima más, sin duda
seleccionaría la verdadera religión. Él considera la obra de gracia aun más
gloriosa que las obras de la naturaleza; y por lo tanto tiene cuidado de que
esto sea conocido. Así que si alguien se atreve a negar esto, tendrá que
enfrentarse a repetidos testimonios que demuestran que así es, que Dios es
verdaderamente del autor de Salvación en el mundo y en los corazones de los
hombres, y que la religión verdadera es el efecto de la gracia, y que es obra
de Dios. Creo que el Eterno perdonaría antes el pecado de atribuir la creación
del cielo y de la tierra a un ídolo, que el pecado de atribuir las obras de
gracia a los esfuerzos de la carne, o a cualquier cosa aparte de Dios mismo.
Es un pecado de gran magnitud suponer que hay algo en el corazón del hombre
aceptable delante de Dios, a excepción de aquello que Dios mismo ha creado
primero en él. Cuando se niega la obra de Dios en la creación del sol, se
niega una verdad; pero cuando se niega que Él es quien realiza la obra de
gracia en el corazón, se están negando cientos de verdades en una; porque la
negación de esta gran verdad, que Dios es el autor del bien en las almas de
los hombres, se están negando todas las doctrinas que sostienen los grandes
artículos de fe, porque si hay algo en nuestras almas que nos puede llevar al
cielo es la obra de Dios, y más aún, si ha de haber algo de bueno y excelente
en Su iglesia, esto es completamente obra de Dios, de principio a fin. Creemos
firmemente que es Dios quien despierta el alma que estaba muerta,
verdaderamente muerta “en delitos y pecados”; que es Dios quien mantiene la
vida de esa alma, y Dios quien consuma y perfecciona esa vida ahora y para
siempre. No atribuimos méritos al hombre, solo a Dios. No nos atrevemos ni por
un momento a concebir que hay métodos y medio que se puedan utilizar, excepto
la obra de Dios, quien es el Alfa y la Omega, todo es del Señor. En
consecuencia pensamos que hacemos lo correcto al aplicar la obra de la gracia
divina, tanto en el corazón como en la iglesia; y entonces no encuentro otro
texto más apropiado para el tema que tratamos que este: “¡Oh, Jehová, aviva tu
obra!”
Primero, amados, confiando en que el Espíritu de Dios me ayudará, me dedicaré
a aplicar el texto a nuestra alma de forma personal, y luego al estado de la
iglesia en forma extensa, porque de cierto necesita que el Señor avive Su obra
en media de ella.
I. Primero entonces a NOSOTROS MISMOS. Debemos empezar en el hogar. Muy
frecuentemente queremos castigar a la iglesia, cuando la disciplina debería
ser puesta sobre nuestros propios hombros. Vestimos a la iglesia como a un reo,
la llevamos a juicio y queremos ejecutar sentencia sobre ella; le amarramos
las manos, y despellejamos su temblorosa carne – encontrando faltas en ella
cuando no la hay, y magnificando sus pequeños errores; cuando nosotros con
demasiada frecuencia olvidamos los nuestros. Entonces, empecemos con nosotros
mismos, recordando que somos parte de la iglesia, y que nuestra propia
necesidad de avivamiento personal es la causa en gran medida del avivamiento
en la iglesia en mayor escala.
Ahora, yo responsabilizo directamente a la gran mayoría de los Cristianos
profesos – y me responsabilizo a mí mismo también – con la necesidad de un
avivamiento de piedad en estos días. Creo que la gran masa de Cristianos en
esta edad necesitan un avivamiento, y mis razonamientos son estas:
En primer lugar, miremos la conducta y conversación de muchos de los que
profesan ser hijos de Dios. Es muy dañino para un hombre que ocupa el sagrado
lugar de un púlpito adular a sus oyentes, y por lo tanto no haré tal cosa. La
evidencia la tienen ustedes que se unen con iglesias Cristianas, y en la
práctica van contra su profesión de fe.
Se ha vuelto muy común en estos días unirse a una iglesia; ir donde se
encuentren Cristianos profesos y sentarse a la mesa del Señor, ya sea aquí o
allá; pero ¿hay menos engaños de los que había antes? ¿Se cometen menos
fraudes? ¿Se nota un mayor grado de moralidad? ¿Será que los vicios ya casi se
han eliminado? No, no es esto lo que vemos. Esta época es tan inmoral como
cualquier otra anterior a ella; todavía hay mucho pecado, aunque talvez esté
tapado o escondido. La parte externa del sepulcro puede ser que esté más
blanca; pero por dentro; los huesos están tan carcomidos como antes. Aquellos
hombres que, en las revistas populares nos presentan una imagen de la vida en
Londres, no tienen por qué modificar la verdad, podemos creerles – no tienen
motivo para mentir; Y la imagen que nos dan con respecto a la moralidad de
esta gran ciudad es devastadora. Está llena de criminales, llena de pecado; y
digo que si todas las profesiones de fe que se hacen en Londres fueran
verdaderas, no habría lugar para tantos lugares impíos como lo hay; no podría
ser de ningún modo. Hermanos míos esto es conocido de todos, y el que lo
niegue hablaría con falsedad, ya que lamentablemente no es garantía suficiente
para medir la honestidad de un hombre el hecho de que pertenece a una iglesia,
como debería de ocurrir. Esto es algo difícil de reconocer para los ministros
Cristianos, pero si no lo decimos nosotros, y si los amigos no lo dicen, los
enemigos lo harán; y es preferible que hablemos la verdad entre nosotros, y
que se sepa que nos avergonzamos de esta situación, que los de afuera se
enteren que negamos lo que deberíamos reconocer. Oh, señores, las vidas de
muchos miembros de iglesias Cristianas proporcionan una grave causa para
sospechar que no hay nada de bondad en ellas! ¿Por qué ese afán por conseguir
dinero? ¿Por qué esa avaricia y codicia? ¿Por qué ese deseo de seguir el
estilo y las maneras de un mundo malvado? ¿Por qué ese olvido de las
necesidades de los pobres, ese mal trato a los obreros, y cosas similares, -
Si los hombres son lo que profesan ser? Dios en el Cielo sabe que lo que estoy
hablando es cierto, y muchísimos aquí lo saben también. Si fueran Cristianos
al menos deberían anhelar el avivamiento; si es que hay vida en ellos, es solo
una chispa que debe estar cubierta por montones de ceniza; tendrán que
atizarla, Ay! Y también necesita removerse, para ver si, felizmente, algunas
de las cenizas se apartan y la chispa puede encender. La iglesia quiere
avivamiento en las personas de sus miembros. Los miembros de iglesias
Cristianas no son ya lo que una vez fueron. Ahora está de moda ser religioso;
ya no hay persecución como antes; y... Ah! Bueno ya casi lo dije: las puertas
de la iglesia parece que también fueron quitadas con la persecución. La
iglesia está, con pocas excepciones, del todo sin puertas; sus hijos vienen y
van, salen y entran, del mismo modo como entran y salen de la Catedral de San
Pablo, y lo hacen un lugar de paso, en vez de considerarla un lugar sagrado,
santificado al Señor, y para la excelencia de la tierra, en el cual Dios tiene
su deleite. Si este no es su caso personal, entonces no tiene de qué
arrepentirse, ni tiene que confesar su pecado, pero si esta es su situación,
Oh, humíllese bajo la poderosa mano de Dios; pídale que lo pruebe y lo lleve a
cuentas, y si usted no es su hijo que le ayude a renunciar a su profesión
falsa, para que no sea su ridícula vestimenta de muerte, su ropa de gala
barata para ir al infierno. Si usted es Suyo, pídale que le dé más gracia, de
modo que puede renunciar a la falsedad y a las necedades, y volverse a Él con
verdadero propósito de corazón, como efecto de una piedad avivada en su alma.
En los casos donde la conducta y la profesión de los Cristianos es consistente,
permítanme hacer una pregunta, ¿No es cierto que la conversación de muchos
profesores de Biblia nos hace dudar del fruto de su piedad, o al menos nos
impulsa a orar para que su piedad sea avivada? ¿Han notado la conversación de
muchos que se llaman a sí mismos Cristianos? Podríamos vivir con ellos desde
el primero de enero hasta el final de diciembre, y nunca tendríamos queja de
que hablan mucho de religión, porque ni siquiera la mencionan. Escasamente
mencionan el nombre del Señor. En la tarde del día del Señor se habla de sobre
de los ministros de la iglesia, se les encuentran faltas tanto a este como a
aquel, y se hacen toda clase de conversaciones, que podrían llamarse “religiosas”,
porque tienen que ver con lugares religiosos. Pero ¿hablan alguna vez los que
van a las iglesias, de lo que se dijo y se hizo, y de lo que el ministro sufre
por el rebaño? ¿Recibe usted alguna vez el saludo de su hermano que le dice:
“Amigo, ¿cómo prospera tu alma?" Cuando entramos en la casa de nuestros
hermanos, ¿tenemos el interés principal de hablar de la verdad de Dios? ¿Piensan
que Dios se asomará desde el Cielo para escuchar la conversación de su iglesia,
como está escrito que “El Señor se inclinó y oyó, y fue escrito un libro en
memoria para aquellos que temen a Jehová y que meditan en su nombre?" Yo
declaro solemnemente, porque lo he observado detenidamente, y creo que
imparcialmente, que la conversación de los Cristianos, aunque no se puede
tachar de inmoral, sí se puede tachar por su calidad de Cristianismo. Hablamos
muy poco de nuestro Señor y Dueño. La palabra “sectarios” ha calado tanto en
medio nuestro, que no podemos mencionar a Cristo, para no ser tachados de
sectarios. Yo soy un sectario entonces, y espero serlo hasta el día que muera,
y me glorío en ello; porque no puedo entender cómo, en nuestros días, un
hombre puede ser un Cristiano, verdadera y sinceramente, sin siquiera intentar
merecer para sí mismo este título. ¿Por qué no hablamos de esta doctrina?
Porque es posible que otros no crean así, o aún nieguen estas verdades; y
preferimos la comodidad de conversaciones en las cuales todos estamos de
acuerdo, y estos tópicos serán pues cosas mundanas y no espirituales. ¿No es
esto cierto? ¿Y no es un triste pecado de nuestra parte, que tengamos que
estar orando: “Señor, aviva tu obra en mi alma, para que mi conversación sea
más semejante a la de Cristo, sazonada con sal, y dirigida por el Espíritu
Santo”?
Aún una tercera observación. Hay algunos cuya conducta es todo lo que
podríamos desear, su conversación es en gran parte relacionada con el
evangelio, tiene sabor a la verdad; pero aún ellos han de confesar una tercera
responsabilidad o culpa, la cual con dolor cargo sobre mí mismo; cual es, que
hay muy poca comunión real con Cristo Jesús. Si por la gracia de Dios hemos
sido capacitados para mantener una conducta tolerablemente consistente, y no
se nos puede culpar de algo, cuánto tenemos que llorar por nosotros mismos,
por falta de aquella santa comunión con Jesús que es la verdadera marca de un
verdadero hijo de Dios, hermanos míos. Permítanme preguntarles: ¿Hace cuánto
que han experimentado una visita de Jesús en la intimidad, de manera que
puedan decir, “Mi amado es mío, y yo soy Suyo, Él apacienta en medio de los
lirios?” ¿Hace cuánto que “él le llevó a la casa del banquete, y su bandera
sobre usted fue amor?” Talvez algunos de ustedes puedan decir, “Esta mañana le
vi; contemplé su rostro con alegría, y fui alentado con su faz”. Pero temo que
la mayor parte tendrá que decir, “Ah, señor, por meses he estado sin recibir
el brillo de su rostro.” ¿Qué han estado haciendo entonces? Y ¿cuál ha sido el
camino que han estado llevando? ¿Han gemido entonces cada día? ¿Han llorado
cada minuto por ser esto así? “No!” Y deberían haberlo hecho. No puedo
entender cómo nuestra piedad puede brillar de forma alguna, si no vemos la luz
de Cristo y seguimos contentos como si nada. Sí es posible que los Cristianos
pierdan a veces la comunión con Jesús; la conexión entre ellos mismos y Cristo
puede afectarse severamente a veces, en cuanto a lo que los sentimientos les
dictan; pero ellos han de lamentar y llorar esta pérdida de comunión con Dios.
¡Cómo puede ser! ¿Es Cristo tu Hermano, y vive Él en tu casa, y no has pasado
tiempo en conversación verdadera con Él? Me parece que hay poco amor entre tú
y tu Hermano, puesto que no has tomado el tiempo para compartir con Él en todo
este tiempo. ¡Cómo puede ser! ¿Es Cristo el esposo de su iglesia, y no tiene
ella comunión con Él? Hermanos míos, no quiero condenarlos, no quiero
juzgarlos, pero por favor dejen que su misma conciencia hable dentro de
ustedes. Mi conciencia hablará y así debe hablar la de ustedes. ¿No nos hemos
olvidado de Cristo? ¿No hemos vivido demasiado sin tomarlo en cuenta? ¿No
hemos estado bien contentos con el mundo, en vez de tener deseo por Cristo?
¿No hemos sido todos nosotros esa oveja querida, que ha bebido de la copa de
su amo y se ha alimentado de su mesa? Entonces, ¿cómo es que preferimos irnos
a alimentarnos lejos a las montañas, en vez de venir al hogar? Me temo que
muchos de los pesares de nuestro corazón provienen de nuestra falta de
comunión con Jesús. No muchos de nosotros somos la clase de hombres que, al
vivir cerca de Jesús, conocen sus secretos. Oh! No; vivimos tan lejos de la
luz de su rostro; y tan felices lejos de Él. Hagamos pues juntos esta oración,
porque estoy seguro de que la necesitamos en alguna medida: “O Jehová, aviva
tu obra!” Ay! Pero me parece escuchar por ahí a algún profesor decir: “señor,
yo no necesito ningún avivamiento en mi corazón; soy todo lo que quiero ser”.
¡Arrodílllense hermanos míos! ¡Doblen sus rodillas por el que así piense! Él
es el que necesita más oración de todos. Dice que no necesita avivamiento en
su alma; pero necesita un avivamiento en su humildad, en cualquier medida. Si
supone que él es todo lo que debe ser, y reconoce que es todo lo que quisiera
ser, entonces su noción del Cristianismo es bastante pobre, o de lo que debe
ser un Cristiano, además de ideas muy inadecuadas de sí mismo. Porque los que
están en mejor condición espiritual, aún así desean avivamiento, y reconocen
su situación y gimen por ella.
Ahora que creo que he argumentado con suficientes pruebas mi queja; permítanme
notar en el texto algo que todos nosotros tenemos. No solo hay mal implícito
en las palabras – “O Jehová, aviva tu obra”; más bien es evidente. Habacuc
sabía cómo clamar. Oh Jehová, decía él, “aviva tu obra!”, Ah, y hay muchos de
nosotros que queremos ver avivamiento, pero pocos de nosotros tenemos un
verdadero sentimiento de necesidad por Él. Es una bendita marca de la vida
interior, cuando sabemos cómo lamentar nuestro alejamiento del Dios viviente.
Es fácil encontrar por cientos, a los que se han apartado, pero con dificultad
hallamos a los que de verdad lamentan haberse alejado. El verdadero creyente,
sin embargo, cuando se da cuenta que necesita avivamiento, no se sentirá feliz;
sino que comenzará esa continua e incesante necesidad de clamar a Dios, el
cual finalmente escuchará, y traerá la bendición del avivamiento sobre él.
Este creyente no parará durante días y noches, no tendrá descanso, siempre
clamando “¡Oh, Jehová, aviva tu obra!”
Permítanme mencionar algunos tiempos de clamor, que siempre ocurrirá al
Cristiano que necesita avivamiento. Estoy seguro de que clamará siempre,
cuando mire lo que el Señor ha hecho en su vida desde antes. Cuando medite en
los montes Mizar y Hermón, aquellos lugares donde el Señor se le ha aparecido,
diciendo, “Con amor eterno te he amado”, estoy seguro de que el Cristiano no
puede recordar esas épocas sin derramar lágrimas. Si es lo que debe ser como
Cristiano, o si piensa que no está en una correcta condición, siempre llorará
al recordar el amor bondadoso de Dios que le ha sido mostrado en el pasado.
Oh, siempre que el alma ha perdido la comunión con Jesús, no puede soportar
recordar los “carruajes de Aminadab”; no puede pensar en “la casa del banquete”,
porque hace tiempo que no ha estado allí; y cuando piensa en ello ha de decir,
“Las horas de paz que entonces disfruté,
cuán dulce memoria aún guardan.
Pero han dejado un vacío doloroso
Que el mundo jamás podrá llenar”
Cuando escucha un sermón que se relaciona con la gloriosa experiencia del
creyente que está en estado saludable, querrá tapar sus oídos y decir, “Ah!
Esa fue mi experiencia una vez; pero aquellos días felices han pasado. El sol
se ha puesto; aquellas estrellas que una vez alumbraron mi oscuridad se han
ido; Oh! Si yo pudiera sostenerlo de nuevo; Oh! Si yo pudiera ver su rostro
una vez más!; Oh! Anhelo aquellas dulces visitas de lo alto; Si esta es tu
situación, te sentarás por los ríos de Babilonia y llorarás. Llorarás al
recordar cuando subías a Sión – cuando el Señor era precioso para ti, cuando
Él llenaba tu corazón de la plenitud de Su amor. Aquellos tiempos serán
tiempos de clamor, cuando recuerdes “las lágrimas en la mano derecha del
Altísimo”.
También, para un Cristiano que desea avivamiento, las ordenanzas serán
momentos de clamor. Subirá a la casa de Dios; pero dirá cuando salga, “Ah! Qué
cambio tan terrible! Antes iba con la muchedumbre que guarda el día del Señor
y lo santifica como precioso. Al elevar las canciones mi alma tenía alas, y
arriba subía teniendo su nido en las estrellas; cuando se ofrecía la oración,
yo podía decir con devoción, ‘Amén’; pero ahora, el predicador da el sermón
como antes, mis hermanos se edifican como antes; pero el sermón me parece seco,
sin sentido. No está la falta en el predicador, la falta está en mí mismo. El
himno es el mismo – la misma dulce melodía, como armonía pura; pero mi corazón
está pesado; las cuerdas de mi arpa se han reventado, y no puedo cantar”; y
aquél Cristiano volverá a los benditos medios de gracia, suspirando y
sollozando, porque sabe que desea avivamiento. De forma específica, en la Cena
del Señor pensará, cuando se siente a la mesa, “Oh! Qué bellas temporadas tuve
aquí antes! Al partir el pan y beber el vino que mi Señor me presenta.”
Añorará los tiempos en que su alma era llevada como al séptimo cielo y se
convertía la casa verdaderamente en “casa de Dios y puerta del cielo”. Pero
ahora, dice, “es pan, solo pan seco para mí; es vino, vino sin sabor, sin
dulzura alguna del paraíso en él; Bebo, pero en vano. No estoy pensando en mi
Cristo. Mi corazón no se levanta; mi alma no eleva pensamientos como debería
acerca del Él!” y entonces el Cristiano comenzará a clamar de nuevo – “Oh,
Jehová, aviva tu obra!”
Pero no los detendré más en este asunto. A aquellos entre ustedes que saben
que son de Cristo, pero sienten que no están en la condición que desean,
porque no le aman lo suficiente, y no tienen aquella fe en Él que deserían
tener, solo les preguntaría: ¿Se lamenta usted de esto? ¿Puede clamar ahora?
Cuando siente que su corazón está vacío - ¿se trata de un vacío que duele?
Cuando siente que sus ropas están sucias - ¿puede lavarlas con sus lágrimas?
Cuando piensa que su Señor se ha ido - ¿levanta usted la bandera negra del
duelo y grita, “Oh, mi Jesús! Oh, mi Jesús! No me dejes? Si no hace esto,
entonces le exhorto a que lo haga. Hágalo, hágalo; y quiera el Señor darle la
gracia para continuar haciéndolo, hasta que venga el momento en que su alma
reviva.
Y recuerde, en último lugar, con respecto a este punto, que el alma, cuando de
verdad es traída a reconocer su propio estado, por causa de su alejamiento de
Dios, nunca disfrutará a menos que clame y se vuelva en oración y ruego, y
hasta que no ore como estamos diciendo: “Oh, Jehová, aviva tu obra”. Algunos
de ustedes dicen talvez, “sí señor, siento mi necesidad de avivamiento, y
tengo la intención de comenzar esta tarde, en cuanto salga de aquí, de revivir
mi alma” NO lo diga, y, sobre todo, no trate de hacerlo, porque nunca lo
logrará. No tome decisiones con respecto a lo que va a hacer; sus buenos
propósitos van a quebrarse en cuanto los formule, y sus propósitos mal
logrados solo servirán para aumentar el número de sus pecados. Yo les exhorto,
en vez de tratar de avivar sus propias almas, ríndanse en oración. No digan,
“Me voy a avivar”, más bien clamen “Oh, Señor, aviva tu obra!” Y déjenme
decirles esto con toda solemnidad, ustedes nunca se habrían percatado de la
triste situación de sus almas y de cuánto se han alejado de Dios, hasta que
ustedes mismos hablen de la necesidad personal de avivamiento. Un soldado
herido en batalla no se cura a sí mismo sin tener medicina, ni va a un
hospital por sí mismo cuando ha sido herido en la batalla. Esto es lo mismo
que pensar que usted se puede reavivar a sí mismo sin la ayuda de Dios. Te
advierto que no lo intentes, no busquen hacer cosa alguna para reavivar sus
almas, hasta que hayan reconocido que lo primero que se debe hacer es
dirigirse al Señor en humilde oración suplicando Su poder – si usted no ha
clamado “Oh, Jehová, aviva tu obra”
Recuerde, es Aquel que primero le dio vida, el mismo que lo puede mantener con
vida; y Aquel que lo ha mantenido con vida ha de restaurar su vida también.
Aquel que lo ha preservado de caer en el fondo del abismo, cuando sus pies
casi han resbalado, es el único que puede ponerlo sobre la roca, y
establecerte con seguridad. Comience, entonces, por humillarse renunciando a
toda forma de auto-confianza o esperanza de reavivarse a sí mismo como
Cristiano, en vez de esto, hay que empezar con firme oración y sincera súplica
delante de Dios: “Oh, Señor, lo que yo no puedo hacer, hazlo tú! Oh, Jehová,
aviva tu obra!”
II. Y ahora seguiré con la segunda parte del asunto, sobre el cual debo ser
más breve. En LA IGLESIA MISMA, vista como un cuerpo, esta plegaria debe ser
un solemne e incesante ruego: “Oh, Jehová, aviva tu obra!”
En la era presente hay un triste descenso en la vitalidad de la piedad. Esta
edad se ha vuelto la edad de las formas, en vez de la edad de la vida.
Volvamos unos cien años atrás cuando se puso la primera piedra para construir
este edificio donde adoramos a Dios. Eran los días de la vida divina, y del
poder, enviado de lo alto. Dios revistió a Whitefield de poder: él predicaba
con una majestad y una fuerza que pocos serían capaces de reproducir; no
porque fuera él algo en sí mismo; sino porque Su Amo le dio estos dones.
Después de Whitefield vinieron varios grandes y santos hombres. Pero ahora,
señores, hemos caído en los malos tiempos. Ya casi no hay hombres en este
mundo; ya casi no quedan. Casi no tenemos hombres en nuestro gobierno que
manejen las políticas correctamente y casi tampoco con respecto a la religión.
Tenemos quienes realizan las tareas, y de forma externa todo parece seguir la
forma antigua, pero los hombres que se atrevían a ser singulares, es decir
singulares en el sentido de que querían hacer lo correcto y aborrecían la
impiedad, ya casi no se ven. En comparación con la era puritana, ¿dónde están
nuestros maestros en Biblia y rectores? Aquellos Howes, aquellos Charnocks. ¿Podríamos
juntar tantos nombres como antes que se podían listar más de cincuenta a la
vez? No lo intentaría. Tampoco podríamos traer aquella galaxia de gracia y
talento que siguió a Whitefield. Pensemos en Rowland Hill, Newton, Toplady,
Doddridge, y tantos otros que no habría tiempo de mencionar. Se han ido, se
han ido; Sus venerables cenizas duermen en el polvo, y dónde están sus
sucesores? Preguntemos ¿Dónde? Y el eco nos responderá ¿Dónde? No hay ninguno.
Sucesores de estos hombres, ¿dónde están? No los ha levantado Dios aun, y si
lo ha hecho, no los habéis encontrado. Hay predicación, y ¿qué es esto? “Oh,
Señor, ayuda a tu siervo a predicar, y enséñale por medio del Espíritu lo que
debe decir.” Luego se lee el sermón. Un insulto al Altísimo Dios! Tenemos
predicaciones pero de esta clase. Esto no es predicación. Esto es hablar muy
bonito y muy finamente, con gran elocuencia, digamos en el sentido mundanal,
pero ¿dónde está la predicación verdadera, como la de Whitefield? ¿Han leído
alguna vez alguno de sus sermones? Ustedes no lo considerarían elocuente; más
bien sus expresiones eran rudas, frecuentemente parecían desconectadas; y se
dice mucho de la forma en que declamaba; lo cual caracterizaba en gran parte
su discurso. Pero, ¿dónde estaba su elocuencia? No en las palabras que usted
puede leer, sino en el tono en que las decía, en la sinceridad con que las
expresaba, en las lágrimas que siempre corrían por sus mejillas, en el
derramamiento de su alma mientras predicaba. La razón de su elocuencia
radicaba en el significado de las palabras. Él era elocuente, porque hablaba
de corazón – desde la profundidad del alma. Podemos notar que cuando hablaba
de verdad creía lo que decía. No predicaba por contrato, como una máquina,
sino que predicaba lo que sentía que era la verdad, y lo que no podía dejar de
predicar. Si le escuchaban predicar, podía notarse que si este hombre no
predicara se moriría, porque lo hacía como si fuera una necesidad imperante
para él, y con todas sus fuerzas él llamaba a los hombres diciendo: “Ven, Ven!,
Ven a Jesucristo, y cree en Él!” Ahora, esto es lo que falta en nuestro tiempo.
¿Dónde? ¿Dónde está la pasión? No la encontramos ni en el púlpito ni en las
bancas, en la medida que la deseamos; y es una triste, triste edad, cuando se
mofan de la pasión por el evangelio, y cuando el verdadero celo que debería
caracterizar al púlpito se considera simple emoción o fanatismo. Pido a Dios
que nos hiciera tales fanáticos aunque el resto de la gente se burle y
despreciara nuestro entusiasmo. Consideramos el mayor fanatismo de este mundo
dirigirse al infierno, el mayor entusiasmo de esta tierra el amor al pecado en
vez de a la justicia; y no consideramos ni fanáticos ni emocionales a aquellos
que buscan obedecer a Dios antes que a los hombres, y seguir a Cristo en todos
sus caminos. Repetimos entonces, que una triste prueba de que la iglesia
necesita avivamiento es la ausencia de esa pasión ardiente que alguna vez se
veía en los púlpitos Cristianos.
La ausencia de sana doctrina es otra prueba de la necesidad de avivamiento. ¿Saben
a quiénes llaman Antinomianos ahora? ¿A quiénes tildan de “hipers?” ¿De
quiénes se burlan y rechazan por considerarlos con error en su fe? ¿Por qué lo
que antes se llamaba “ortodoxo” ahora se trata como herejía? Podemos
retroceder a los días de los padres Puritanos, a los artículos que alguna vez
abrazó la Iglesia de Inglaterra, a la predicación de Whitefield, y podemos
decir que esa predicación, es la que amamos; y las doctrinas que fueron antes
proclamadas. Pero como escogimos proclamarlas ahora también, somos
considerados extraños y raros; y la razón es que la sana doctrina ha decaído
en gran manera. Veamos cómo empezó el descenso: Primero que todo, aunque las
verdades fueron creídas, los ángulos fueron suprimiéndose. El ministro creía
en la elección, pero no utilizaba esa palabra, por temor de que el diácono
sentado en aquella banca se fuera a incomodar. Creía que todos los hombres
estaban perdidos, pero no lo anunciaba positivamente porque si lo hacía, había
una dama en desacuerdo, - y ella había dado tanto para la capilla – podría ser
que no volviera a la iglesia; así que mientras él sí creía esta verdad, y la
anunciaba en cierto sentido, trataba de pulir estas ásperas esquinas un
poquito. Al final se llegó a esto. Los ministros decían, “Creemos estas
doctrinas, pero no consideramos que sea apropiado predicarlas a la gente.
Dijeron: “Es verdad, las grandes doctrinas de la Gracia, fueron predicadas por
Cristo, por Pablo, por Agustín, por Calvino, y hasta esta era por sus
sucesores, y son ciertas, pero es mejor evitarlas – hay que tratarlas con
mucho cuidado; son muy elevadas y peligrosas, y es mejor no predicar de eso;
aunque creemos que es verdad, no nos atrevemos a predicarlas. Después de eso
vino algo aún peor. Dijeron para sí mismos, “Bueno, si estas doctrinas no se
deben predicar, talvez no sean tan verdaderas”; y luego otro paso más y
rehusaron por completo predicarlas. No lo dijeron expresamente, talvez, pero
lo decían, pero insinuaban que estas doctrinas de la gracia no eran tan
verdaderas, y como si los que sí las creíamos fuéramos los intrusos, “nos
echaron de la sinagoga”. Así que pasaron de mal a peor; y si ustedes leen el
estándar según los maestros en divinidad de esta época, y lo comparan con el
estándar según los maestros en divinidad de los días de Whitefield, se darán
cuenta de que no concuerdan. Ahora tenemos una “nueva teología”. ¿Nueva
Teología? ¿Por qué? Es una teología que ha destronado a Dios y ha puesto al
hombre en el trono, una doctrina de hombres, y no la doctrina del Dios Eterno.
Necesitamos un avivamiento de sana doctrina una vez más en medio de la tierra.
Y la iglesia en general, es posible, que necesite una avivamiento de real
compromiso en sus miembros. Todavía no somos los hombres de Dios que podemos
pelear Sus batallas. Todavía no tenemos la entrega, el celo, que antes tenían
los hijos de Dios. Nuestros ancestros fueron hombres de roble, hombres de
sauce. Nuestro pueblo, ¿dónde está nuestro pueblo? Son fuertes en doctrina
cuando andan con hombres fuertes en doctrina; pero débiles y titubeantes
cuando andan con otros, y cambian tan frecuentemente a como cambian de
compañía; a veces dicen una cosa, y a veces dicen otra. No son hombres que
pudieran ir a la hoguera a morir; no son hombres que saben cómo morir
diariamente para estar listos a enfrentar la muerte cuando se presente.
Echemos un vistazo a nuestras reuniones de oración, con algunas excepciones
aquí y allá. Usted entra, habrán seis mujeres; y si acaso suficientes miembros
para hacer cuatro oraciones. Mírelos. Se llaman reuniones de oración;
reuniones de evasión deberían ser llamadas, porque la mayoría no asiste, sino
que las evitan. Y también son pocos los que concurren a las reuniones de
compañerismo, u otras reuniones que tienen el propósito de ayudarnos unos a
otros en el temor del Señor. ¿Cómo es la asistencia a estas reuniones en
cualquiera de nuestras capillas en Londres? Se dará cuenta que son una o dos
capillas las que mantienen estas reuniones. Ah! Amigos míos, son tan pocos los
que van, que juntando los de todas las iglesias, una o dos capillas en todo
Londres sería suficiente para acomodarlos. No tenemos entrega, no tenemos vida,
como una vez la tuvimos; si la tuviéramos, nos pondrían más sobrenombres de
los que tenemos; si fuéramos más fieles a nuestro Maestro; no estaríamos tan
tranquilos y confortables como lo estamos, si sólo sirviéramos a Dios mejor.
Estamos convirtiendo a la iglesia en una institución en nuestra tierra – una
honorable institución. Ah! Pensaría alguno, es una gran cosa que la iglesia
sea considerada una institución honorable! Yo pienso que cuando se comienza a
considerar así, es decir, cuando el mundo considera a la iglesia como algo
aceptable a sus ojos, es porque hemos decaído. La iglesia debe ser desestimada
por el mundo, y hasta maltratada, hasta que venga el día, cuando su Señor la
honre a causa de que ella lo ha honrado a Él – en el día de Su retorno.
Amados, ¿Creen que es cierto que la iglesia necesita avivamiento? ¿Sí o No? Me
responden que No, “No al grado que lo está exponiendo usted! Pensamos que la
iglesia está en buena condición.” Ustedes pueden suponer que la iglesia está
en buena condición; si es así, por supuesto no simpatizarán conmigo por
predicar sobre este texto, y exhortarles a orar de esta manera. Pero sé que
hay otros entre ustedes que sí están dispuestos a clamar, “La iglesia necesita
un avivamiento”. Permítanme amonestarles, en vez de quejarse por el ministro
de su iglesia, en vez de buscar fallas en las diferentes partes de la iglesia;
clamen “Oh, Jehová, aviva tu obra”, Oh!, Dice alguno, “si tuviéramos otro
pastor”. Oh! Si el compañerismo fuera diferente. Oh! Si el culto fuera
diferente!, Oh! Si las predicaciones fueran mejores. ¡¡¡Como si hubiera
predicaciones del todo!!! Yo digo: Oh! Si el Señor viniera a los corazones de
los hombres! Oh! Si Él llenara de poder las formas que ustedes usan!. Ustedes
no necesitan nuevas maquinarias o nuevas formas de hacer las cosas, ustedes
necesitan la vida que hay en lo que tienen. Si hay una locomotora en la vía
férrea y alguien dice traigan otro motor, y luego, traigan otro, y luego otro,
no es que se necesite otro motor para que el tren se mueva. Encienda el motor!
Y échele combustible, esto es lo que se necesita, de lo contrario el tren no
se moverá nunca. No necesitamos nuevos ministros, nuevos planes, nuevas formas,
aunque se pueden inventar muchas; para hacer que la iglesia sea mejor; lo que
necesitamos es avivamiento en lo que se nos ha dado. Ya sea el hombre que
predica en la capilla y por el cual está casi vacía, la misma persona por la
cual las reuniones de oración son escasas; Dios puede hacer que la capilla
esté llena, abrir las puertas de la iglesia, y traerle miles de almas a ese
mismo hombre. No es otro hombre lo que se necesita; lo que se necesita es que
este hombre tenga la vida que Dios da. No clamen por algo nuevo; no será más
exitoso que lo que ya tienen. Más bien, clamen: “Oh, Jehová, aviva tu obra!”;
He notado esto en diferentes iglesias, que el ministro ha lidiado con este
problema. Ha intentado un plan, pensando que tendría éxito, luego ha intentado
con otro plan; y tampoco. Use el viejo plan, pero póngale vida a ese plan. No
necesitamos de nada nuevo. “Lo viejo es lo mejor” – aferrémonos a la forma
antigua, pero es preciso que lo hagamos con vigor, con vida, o destruiremos la
forma antigua. Oh!, Que el Señor nos diera esa vida. La iglesia quiere
avivamientos frescos, como en los días de Cambuslang otra vez, cuando
Whitefield predicaba con poder. Oh! Cuando cientos de personas se convertían
bajo sus sermones. Se ha documentado que hasta dos mil casos creíbles de
conversión ocurrían en un solo discurso. Oh! Anhelamos las épocas en que los
oídos estaban listos a recibir la palabra de Dios, y cuando la gente deseaba
beber de la palabra de vida, como en verdad lo es, la verdadera agua de vida,
que Dios le da al alma moribunda! Oh! Anhelamos la época del verdadero sentir-
la era de la profunda y continua pasión espiritual! Roguemos a Dios por esto;
pidámoslo en súplica. Talvez Él tiene al hombre, o los hombres, en algún lado,
que harán temblar la tierra de nuevo; talvez incluso ahora Él va a derramar su
poderosa influencia sobre los hombres, que va a hacer que la iglesia sea en
esta era tan gloriosa como lo fue en cualquier época pasada.