Una herencia incorruptible
1 Pedro 1:3-5
(Pastor René X. Pereira)
Todos nosotros hemos nacido y hemos crecido creyendo
ciertos conceptos e ideas acerca de Dios, de Cristo y de la salvación. La
mayoría de nosotros venimos de un trasfondo tradicional donde se nos enseñó que
para ganarse el favor divino uno tiene que acumular ciertos méritos o buenas
obras. Es como cuando uno estaba en la escuelita que la maestra le daba a uno
estrellitas doradas que iba poniendo en un cartel. Si tenías muchas
estrellitas, quería decir que eras un buen alumno.
Precisamente esa es la idea que muchas personas
tienen, y aún hasta evangélicos, de lo que es la salvación. Es algo que tú te
ganas con tu esfuerzo y tu dedicación, y de la misma manera es algo que puedes
perder en cualquier momento, si cometes una falla.
Pero hemos ido compartiendo en estos pasados domingos
lo que la Biblia realmente enseña acerca de estos principios que son tan
importantes. Primero, explicamos que todos los seres humanos hemos pecado y
estamos bajo condenación y separación de Dios. El mundo no es como una película
de vaqueros donde están los buenos y los malos. Todos sin distinción estamos en
la misma situación espiritual. En segundo lugar dijimos que la salvación es una
obra de gracia de Dios. Proviene de su misericordia y compasión hacia el ser
humano. Dios no estaba obligado a salvar a nadie. Lo justo hubiera sido
deshacerse de nosotros que éramos rebeldes y enemigos suyos.
Pero de tal manera nos amó él, que envió a su Hijo
Jesucristo para que todo el que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna
(Jn. 3:16). ¿Qué hizo Jesucristo? Jesús en la cruz
tomó todos nuestros pecados y los cargó a su cuenta personal y allí en el monte
Calvario, pagó con su sangre por cada uno de ellos, saldando nuestra deuda con
Dios (Col. 2:13-15). A su tiempo envió a nuestros corazones al ES de Dios y nos
abrió los ojos espirituales, quitando la venda de la muerte espiritual que nos
impedía discernir las cosas espirituales. Como resultado de eso, vinimos
arrepentidos a los pies de Cristo y le recibimos por medio de la fe. Y ese acto
de la conversión hizo que legalmente el juez celestial, Dios, nos imputara la
justicia de Cristo (Ro. 5:1-2).
¿Qué pasó entonces con la ley divina que nos condena
por nuestros pecados? Esta era una tremenda duda que yo tenía también. Todavía
soy imperfecto y puedo fallar. ¿Y si eso ocurre, no volverá la ley de Dios a
condenarme? Pero el Señor me mostró la respuesta en Romanos 7:1-6.
Recuerdo que un pastor me lo explicó bien claro: Supongamos que hay un criminal
que está siendo buscado por la justicia y pesa sobre él una condena. Pero un
día los alguaciles entran a su casa y lo encuentran muerto; ¿habrá juicio?
¿Podrán condenarlo? No porque está muerto. Pues eso mismo es lo que explica
aquí Pablo.
La ley no puede juzgar a los muertos, sino a los
vivos. Pablo utiliza la analogía de la mujer que queda viuda. Está libre para
casarse cuando quiera porque la muerte del marido la libró de la ley que le
ataba. El verso 4 explica que nosotros hemos muerto a la ley mediante el cuerpo
de Cristo. Legalmente en aquella cruz donde murió Jesús, yo morí también. De
manera que ya no estoy bajo el régimen viejo de la letra, sino bajo el nuevo
régimen del Espíritu. La ley perfecta de Dios que señalaba mi pecado y me podía
condenar fue anulada y ya no tiene poder alguno sobre mí.
Pero tenga cuidado mi hermano. No estamos diciendo que
la ley de Dios no es importante y mucho menos que ahora podemos vivir como nos
da la gana porque estoy inmune a la ley. Eso te lo voy a explicar más adelante.
Regresando a 1 Pedro 1:3-5, el apóstol Pedro está
hablándonos de la herencia de la salvación que tenemos en Cristo. Y nos dice
todo lo que aquí se ha explicado. Que por la grande misericordia de Dios, nos
hizo renacer (yo no me renací, él me hizo renacer) por la resurrección de
Cristo para una herencia que tiene ciertas cualidades; específicamente tres:
incorruptible, incontaminada e inmarcesible. Estas tres características de
nuestra herencia, todas ellas, indican que es una herencia que nada la puede dañar
ni afectar (explicarlas).
¿Pastor y qué pasa entonces con un cristiano que se
aparta de Dios? (Aclarar que uno nunca se aparta de Dios, se descarría, se pone
rebelde, se corta la comunión, pero él mismo ha prometido que estará con sus
hijos todos los días hasta el fin del mundo.) Pero vamos a ver qué ocurre.
Viene el contristamiento, se va el gozo, viene la
disciplina del Padre, hay consecuencias, pero la herencia es incorruptible,
porque la ganó Cristo. Es como un hijo tuyo cuando se pone rebelde y tienes que
corregirlo, ¿pierde acaso su condición de hijo tuyo? (Heb.
12:4-6).
Pero hay otro aspecto bien importante aquí y lo
encontramos en 1 Juan 3:9 (DHH). Dice Juan que cuando tú naces espiritualmente
tú tienes la simiente de Dios en ti. Un verdadero cristiano no se deleita en el
pecado ni lo practica, porque ha nacido de Dios, es una nueva criatura. Puede
fallar, puede resbalar en el camino, pero no permanece en el pecado porque ya
no halla placer en él. (Explicar que hay ovejas y hay
puercas lavadas en la iglesia – 2 Pe. 2:21-22).
De nuevo, la clave está en si la simiente de Dios está
o no está en ti. Si le entregaste tu vida a Cristo tienes una herencia
incorruptible que ya está reservada en los cielos. Pero Pedro no lo deja ahí.
Nos dice en el versículo 5 de I Pedro que “somos
guardados por el poder de Dios para alcanzar la salvación”. Este pasaje es
de gran importancia. La garantía de que voy a alcanzar la salvación no depende
de mi poder ni de mis fuerzas. Yo soy guardado por el poder de Dios. Y ese
mismo poder que pudo resucitar a Jesucristo de entre lo muertos también obrará
en mi vida para llevarme a su presencia y sentarme en los lugares celestiales
con Cristo (2 Co. 4:13-14, 16).