La verdadera y la falsa piedad

Mateo 23:1-12

 

 

En los tiempos de Jesús, al igual que ahora, siempre han existido las personas que se esconden detrás de una fachada de religiosidad y espiritualidad y pretenden aparentar lo que no son. Estas personas suelen ser sumamente rigurosas en la evaluación y la crítica hacia los demás, son prontos en juzgar a otros, pero ellos mismos no se someten al mismo criterio con el que evalúan a otros. Así eran muchos de los religiosos en los tiempos de Jesús.

 

Los escribas era una casta selecta de hombres que se dedicaban a copiar los textos bíblicos y eran los custodios de los rollos sagrados de la ley. Por su conocimiento de las Escrituras se consideraban a sí mismos como superiores a los demás. Los fariseos era otro grupo religioso que había en aquella época. Ellos eran sumamente celosos en la observancia de los mandamientos de la ley. Diezmaban, ayunaban, oraban y cumplían con todas estas cosas, más allá de lo que el texto de la ley decía, por lo cual se sentían a sí mismos como más santos y superiores a los demás judíos.

 

Llevaban una vestimenta diferente a las demás personas con la cual dejaban ver a la gente su gran religiosidad. Era la costumbre llevar unas cajitas llamadas filacterias donde se guardaban fragmentos de la Biblia, y ellos las ensanchaban para que se notara más aún. En números 15:37-40 Dios les había mandado a los israelitas que llevaran unas franjas y un cordón azul en sus mantos para que con ello se acordaran de que eran un pueblo santo para Dios. Pero los fariseos los hacían más largos para mostrarles a las personas que ellos eran más santos que los demás.

 

Toda su preocupación era que los demás vieran en ellos una apariencia externa, pero para nada se preocupaban por su verdadera condición espiritual, y en especial, si de verdad eran aceptos ante Dios por todas esas cosas a las cuales le daban tanta importancia. La actitud y conducta legalista siempre ha existido desde que Jesús comenzó a predicar y a enseñar. Y a lo largo de la historia de la iglesia, siempre el legalismo ha sido un mal que ha hecho mucho daño al evangelio, además de servir de tropiezo para las personas que buscan a Dios con corazón sincero. El legalista tiene una idea bien equivocada de cómo Dios piensa. Cree que Dios acepta a las personas por sus méritos, es decir, siempre y cuando cumplan con los requisitos que ellos han establecido. Veamos un ejemplo en Lucas 7:36-48:

 

Este fariseo vio a aquella mujer considerada como inmunda, pecadora, sucia, y se sintió incómodo con que ella se atreviera a entrar a su casa y más aún, que Jesús se dejara tocar por ella. En su sistema religioso legalista, esta mujer no estaba en la condición de entrar a su casa santa, y menos aún, acercarse a un maestro judío como Jesús. Eso lo llevó a juzgar al mismo Jesús y cuestionar su don profético porque estaba permitiendo que esta mujer le tocara.

 

En ningún momento le pasó por la mente la misericordia, el amor de Jesús y su compasión por aquella mujer. No comprendía que Cristo ama a las personas por encima de sus defectos, aún por encima de sus pecados y sus faltas. Y peor aún, era incapaz de comprender que él mismo no era diferente a aquella mujer, porque no importa lo que seamos, todos somos pecadores e inmerecedores del favor divino. El cristiano y la iglesia que se olvida de esto se convierte en un fariseo moderno.

 

Volviendo a Mateo 23, la segunda característica de aquellos religiosos era que amaban los primeros lugares, los primeros asientos y que las personas que iban por las plazas los saludaran. No era simplemente un saludo de cortesía, sino un saludo de pleitesía. Este es un contraste bien grande con los verdaderos siervos, y Jesús trajo esto para que sus discípulos no imitaran esta conducta. Los verdaderos siervos no buscan su grandeza, ni la prominencia, ni el que las personas los alaben. Los verdaderos siervos de Dios se entregan por amor, sin esperar recompensas de la gente. No les interesa los homenajes, ni ocupar lugares de prominencia porque saben que si algo bueno han hecho es porque Dios puso en ellos el querer así como el hacer. Toda la gloria es de Dios. ¡Qué diferencia con muchos que en la actualidad reclaman ser siervos de Dios! Buscan exaltarse a sí mismos con títulos como apóstoles, reverendísimos, excelentísimos. Y les gusta sentarse en los lugares más prominentes para que las personas los vean.

 

Pero Jesús dejó claro de cuál era su visión con relación a la grandeza. Para el mundo, los grandes son los que están arriba, los que la gente aplaude y exalta. Pero para Dios, los grandes son los que están dispuestos a humillarse y servir a los demás, sin mucha pompa ni aplausos. Ese que no se ve, que pasa desapercibido, pero dedica su vida a ser de bendición para otros, y para la gloria de Dios. La pregunta es: ¿tenemos muchos de esos en nuestras iglesias?

 

Ayer cuando íbamos de camino para el Yunque, hablábamos acerca de los anuncios que están pasando como parte de la campaña que lleva como tema “¿Qué nos pasa, Puerto Rico?” Esta campaña surge de la preocupación que tiene mucha gente ante el clima de violencia, de apatía y pérdida de valores que estamos experimentando en nuestro país. Mientras íbamos nos dimos cuenta también de la gran cantidad de iglesias que había en la ruta que tomamos. En cada sector, comunidad y barrio, había una iglesia distinta. Entonces mi esposa comentó, ¿cómo es posible que habiendo tantas iglesias en cada sector, estemos tan mal?

 

Esto se quedó en mi mente y meditando en este pasaje, y en la realidad que estamos viviendo, me vino este pensamiento: “de nada vale que hayan miles de iglesias en nuestra tierra, si los que están asistiendo a esas iglesias no están viviendo los principios que Jesús nos enseñó. ¡Cuántas personas que van a esas iglesias, o a esta misma iglesia, no están reflejando en sus vidas el carácter de un verdadero cristiano. Van a un culto, cantan, brincan, se arrastran por el suelo, leen pasajes de la Biblia, pero aunque por fuera parecen justos, por dentro están vacíos! Como Jesús dijo en Mateo 23:25-28…

 

Cuando leí este pasaje, hermanos, le dije al Señor, Señor, yo no quiero ser un sepulcro blanqueado. Yo no quiero vivir engañándome a mí mismo, mostrando por fuera una cosa, cuando por dentro soy otra. Porque tú conoces nuestro corazón, tú sabes lo que hay en nuestro interior, y a ti no te podemos engañar. Quiero que en mí haya esa compasión, ese amor y esa mansedumbre que tú modelaste. Que en mi vida brille tu luz para que se refleje en ella tu amor y yo pueda hacer la diferencia.

 

¿Qué clase de personas son las que mueven el corazón de Dios? Jesús utilizó esta historia para ilustrarlo: Lucas 18:9-14…

 

Dios no está llamando a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. Está buscando personas que no se escondan detrás de una máscara de piedad, de apariencia, sino que se acerquen a él con corazón sincero y con fe no fingida.

 

Llamado…