La mujer idónea
Proverbios
31:10, 30
Me resulta mucho más fácil
predicar acerca del hombre, que acerca de la mujer. Y no me pregunten por qué,
porque la razón es obvia: soy hombre. Y aunque he vivido toda mi vida en una
condición de minoría, rodeado de mujeres (mi mamá y mis dos hermanas, y ahora
mi esposa y mis dos hijas), por lo cual creo que debo tener ya un doctorado en
asuntos de mujeres. Aún así hay aspectos de la naturaleza de la mujer que no
son fáciles de comprender.
Dios hizo a la mujer diferente
al hombre, no solo físicamente, sino también emocionalmente. Y lo hizo así con
toda intención; para que la mujer fuera complemento perfecto del varón. Una
definición sencilla de esto es que la mujer es todo lo que el hombre no es. Lo
que le falta al hombre, le sobra a la mujer, y lo opuesto también es cierto. Lo
que le falta a la mujer, le sobra al hombre.
Al igual que sucede con el
varón, a la mujer también la sociedad y la cultura que nos rodea le impone toda
una filosofía de lo que es ser mujer, cuáles deben ser sus metas, su manera de
pensar y de vivir. Una filosofía que es contraria en muchos aspectos a lo que
enseña la Biblia que es una mujer cristiana, temerosa de Dios. Y esto es bien
importante porque tú como mujer cristiana tienes que decidir bajo qué parámetros
vas a funcionar. Bajo los parámetros que el mundo te plantea, o bajo los parámetros
que Dios, tu hacedor, ha diseñado para que seas una mujer verdaderamente virtuosa.
Para comenzar, el mundo
secular le impone a la mujer la idea de que su prioridad #1 tiene que ser el
procurar ser bella exteriormente. Y hay toda una industria multimillonaria
dedicada a fomentar esta imagen de la mujer. Pero no me malentiendan. No hay
nada malo en que la mujer se ocupe de su apariencia externa, se arregle, o se
adorne. El problema es que por lo general a eso se limita lo que muchas mujeres
procuran y se afanan; por su apariencia externa. Sin embargo, la Palabra nos da
otra perspectiva totalmente distinta (1 Tim. 2:9, 1
Pe. 3:3-4). Note usted que en ambos textos se instruye a la mujer cristiana a
que le dé más importancia y valor al atavío o el adorno de su interior, antes
que al adorno de su exterior.
El problema es que muchas
mujeres hoy día viven frustradas y acomplejadas porque su exterior no encaja
para nada en los moldes que impone nuestra cultura. Para muchas mujeres resulta
imposible tener la figura que presentan por ahí de una mujer atractiva. Por más
dieta y ejercicio que hagan algunas mujeres, su construcción física no les
permitirá tener una cinturita de avispa y unos senos de cierto tamaño, etc.
Para muchas mujeres eso es una lucha grande. De ahí que hayan mujeres que se
convierten en anoréxicas o bulímicas. Aunque estén flacas se ven gordas; es un
desorden emocional. Otras uno las ve por la calle, ya entradas en añitos,
tratando de vestirse como las jovencitas, y no saben lo mal que se ven.
Pero la Palabra dice que “engañosa es la gracia y la hermosura”.
Es decir, que la gracia en una mujer y su hermosura exterior no necesariamente
la hace una mujer virtuosa. Ese es el error de muchos hombres, al igual que el
de muchas mujeres. La belleza exterior no vale de nada, si no hay una belleza
interior, que la produce Cristo cuando transforma un corazón, como dice Pablo, “en el incorruptible ornato de un espíritu
afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 Pe. 3:4).
Hay mujeres muy hermosas por fuera, pero por dentro están llenas de vanidad,
orgullo, y superficialidad. He conocido muchos hombres necios y fatuos que
cambian a una buena mujer, por un cuerpo bonito, y después lo lamentan con
lágrimas, porque en el fondo, “la mujer
que teme a Jehová esa será alabada”.
Otro elemento que la
sociedad ha distorsionado es lo referente al rol de la mujer casada. La esposa
cristiana es corona de su marido. Dice Proverbios, “el corazón de su marido está en ella confiado, y no carecerá de
ganancias”. Esta frase es bien
importante. Una mujer tiene en sus manos el corazón de su marido y puede ser de
bendición para ese corazón o simplemente destruirlo. La mujer tiene un tremendo
poder que si lo sabe utilizar correctamente, convierte a un hombre mediocre en
un gigante, o convierte a un gigante en un guiñapo; lo hace pedazos. La esposa
cristiana reconoce su lugar en el orden de Dios. Si está sujeta a Cristo, se
sujeta también a su esposo porque entiende que a él le ha dado Dios la
responsabilidad, y ella es su ayuda y colaboradora. Y cuando se somete a la
Palabra, Dios la bendice de una manera especial. La mujer sabia sabe cómo
ayudar a su esposo y animarle, en lugar de criticarlo y humillarlo.
Les voy a decir algo muy
importante: Ningún hombre ni ninguna mujer podrán ser esposos y esposas, y
padres adecuados, a no ser que individualmente se sometan al señorío de Cristo
en sus vidas. Cuando yo veo a un hombre que no está siendo un buen esposo y un
buen padre, y una mujer que no lo es, usted puede estar seguro que la relación
con Dios de esa persona está por el piso. Eso no falla. Y es verdad que muchos
se criaron en hogares disfuncionales, pero todo eso es parte de lo que Cristo
hace cuando nos transforma. Rompe con todos esos patrones incorrectos y nos
lleva a que nuestra vida se ponga en orden en todos sus renglones. Pero en este
proceso hay una parte nuestra, y es la obediencia a la Palabra. No es lo que yo
crea o lo que yo piense. Es lo que Dios ha dicho en su Palabra que yo tengo que
hacer y que Él mediante su Espíritu me capacita para hacer. ¿Quieres ser una
mujer virtuosa? Llénate de Cristo, y él te llenará de una gracia y hermosura
que todos a tu alrededor admirarán. Porque los años pasarán y ya no tendrás las
curvas, el cutis, el pelo y otras cosas exteriores, porque eso pasa. Pero la
virtud de la mujer cristiana no se acaba nunca porque es un ornato
incorruptible.
Y a las mujeres más
ancianas, les doy el consejo que Pablo le da a todas
ustedes y que es tan necesario en la iglesia del Señor. Porque aquí hay muchas
hermanas piadosas, ancianas sabias que han sabido criar a sus hijos y mantener
un matrimonio saludable por muchos años. Dice la Palabra, “Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras,
no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a
amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su
casa, buenas, sujetas a sus maridos,
para que la palabra de Dios no sea blasfemada” (Tito 2:3-5) Hoy día la
iglesia necesita el ministerio de las “maestras del bien”. Y toda mujer
anciana, piadosa, de testimonio en esta iglesia debe ser una maestra del bien
para ayudar a las mujeres más jóvenes a ser prudentes, para que adornen la
doctrina del evangelio.