La Pobreza Escogida
2
Timoteo 2:1-7
Hay personas que son pobres
materialmente porque debido a condiciones más allá de su control, no tienen la
posibilidad de prosperar. Sin embargo, hay personas que prefieren vivir como
pobres porque son vagas y perezosas, y no están dispuestas a sacrificarse y
trabajar arduamente para lograr su bienestar. A esto es lo que yo le llamo la
“pobreza escogida”. La persona ha elegido vivir una vida de pobreza porque le
es más cómodo y prefiere dormir hasta tarde y no hacer mucho esfuerzo. Hay
quienes prefieren ser pobres, antes que dejar algún vicio.
Si bien hay factores
legítimos y opresivos que llevan a muchos a la pobreza, también existen muchas
excusas ilegítimas que mantienen a muchos en la pobreza. Hay gente luchadora y esforzada
que comienza con poco, pero poco a poco van mejorando, administrando bien lo
que tienen y al final prosperan. Y hay quienes comienzan con mucho, pero por el
derroche, la irresponsabilidad y la pereza lo van perdiendo todo hasta quedarse
sin nada.
Pero no vengo a hablarles
hoy de la pobreza desde el punto de vista económico, sino de la pobreza
espiritual. Y el mismo contraste que acabo de presentarles con la pobreza
material, también existe con la pobreza espiritual. Hay personas que son pobres
espiritualmente porque son ignorantes de la verdad de Dios, no conocen las
Escrituras, nunca han oído del Evangelio y no tienen a Cristo en sus corazones.
Son pobres espiritualmente porque permanecen en tinieblas. Pero de igual manera
que la pobreza material escogida, hay personas que han escogido vivir una vida
espiritual pobre aún profesando haber conocido. Y la razón es que simplemente
no están dispuestos a hacer los ajustes en su vida para alcanzar la madurez y
la prosperidad espiritual.
Algunas personas piensan que
una vida espiritual próspera, consagrada y profunda con Dios es algo que cae
del cielo o que llega de manera repentina como una visitación inesperada del
Espíritu Santo. Ese es un error que ha propagado el llamado evangelio del
misticismo que se predica por ahí. Es totalmente falso. Para tener una vida
espiritual próspera y profunda con Dios, usted tiene que tomar una serie de
decisiones y hacer una serie de ajustes en su vida que vayan más allá de
cumplir con ir a la iglesia y a una que otra actividad en la semana.
Pablo le
escribe a Timoteo, su discípulo e hijo espiritual dándole una serie de consejos
y exhortaciones con el fin de equiparlo para ser un obrero útil y capacitado
para servir al Señor. Y aquí en este capítulo 2 le da una serie de consejos de
cómo ser ese instrumento listo para ser utilizado poderosamente por Dios.
Lo primero que nos dice es “Tú pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia
que es en Cristo Jesús”. Esto parece contradictorio. La gracia es el favor
inmerecido de Dios. La gracia implica descanso y seguridad. Pero debemos tener
mucho cuidado precisamente porque hay quienes han malinterpretado la gracia de
Dios. Nuestra salvación es un acto total de la gracia de Dios. Sabemos que
Cristo nos escogió, nos llamó, pagó el precio de nuestra salvación, nos
justificó, y nos hizo sentar en los lugares celestiales. Nuestra posición en
Cristo no la hemos ganado ni adquirido por nuestros méritos. Sin embargo, hay
quienes han interpretado o asumido que eso significa que no hay que hacer nada
en la vida cristiana, porque estoy viviendo en gracia.
Yo no puedo añadirle nada a
mi salvación porque Cristo la ganó en la cruz y la recibimos por la fe en su
sangre. Pero sí tengo que esforzarme en mi crecimiento y mi dedicación a Dios
si quiero crecer y alcanzar la madurez en la fe. La Biblia habla constantemente
de la diligencia, la negación, la entrega y el sacrificio que debemos invertir
para ser un instrumento útil en la manos de Dios (2 Tim.
2:21, Tit. 2:11-13).
Volviendo a 2 de Timoteo
2:1, vemos varios ejemplos que Pablo utiliza para describir el caminar de un
cristiano.
1.
Pablo nos compara con soldados. Uno que milita, que
sirve en el ejército de Dios, no puede enredarse en los negocios de la vida.
¿Qué significa esto? Que no tenga negocios, que no trabaje?
NO. Sino que en todo lo que haga en este mundo que se quede aquí en la tierra
(la inversión temporal), no puede convertirse en tu meta y tu razón para vivir.
Porque el cristiano está para buscar primeramente el reino de Dios y su
justicia, e invertir para los tesoros espirituales (Mt.
6:19-20, 24). Uno que ha sido llamado como soldado, y se ha enlistado para
tomar las armar e ir a la guerra, de repente no puede ponerse a construir una
casa nueva, o establecer un negocio . Y voy a
compartir un pasaje bíblico que sé va a ser chocante para muchos (1 Co. 7:29-31). No es que usted no ame a su esposa, no la
cuide, no la trate como vaso frágil. Es que aún usted entienda que el
apegamiento a su cónyuge no puede interferir con su compromiso con Dios, porque
aún eso es pasajero.
2.
En segundo lugar Pablo nos compara con atletas. El
atleta, si quiere alcanzar el premio, tiene que prepararse, entrenar duramente
y abstenerse de una gran cantidad de placeres con tal de estar preparado para
correr la carrera y llegar a la meta. Nosotros como cristianos necesitamos
entrenarnos. Necesitamos ejercitarnos espiritualmente para poder correr la
carrera de la fe. Ese ejercicio espiritual implica poner orden a nuestra vida.
Dedicar tiempo a la oración, al estudio de la Palabra, al descanso físico, etc.
3.
Y en tercer lugar el cristiano es comparado con un
labrador o un agricultor. La agricultura implica una disciplina. Usted no puede
esperar cosechar lo que no ha sembrado. El agricultor vago, que no trabaja la
tierra para que pueda producir los frutos, que no la ara, que no la abona, que
no la riega, que no la fumiga, va a tener serios problemas después. Se va a ir
a la quiebra, va a perderlo todo. Tiene que sacrificarse y trabajar arduamente
primero, y entonces podrá disfrutar de una abundante riqueza. Igualmente sucede
con nuestra vida espiritual. Si de verdad usted anhela la bendición de Dios, desea
ver fruto espiritual en su vida, ver la
mano de Dios obrando de manera poderosa en usted y a través de usted, tiene que
sembrar (Gál. 6:7-9).
Yo creo que el principio que
he querido traer esta mañana ya debe estar claro. Lo que debemos hacer ahora es
analizar cada uno nuestra vida cristiana, nuestro compromiso con Dios. ¿Estoy
viviendo una vida cristiana de prosperidad y abundancia espiritual? ¿O
realmente estoy en bancarrota espiritual, en pobreza, escasez, en mi fruto para
Dios? Me he contentado con ir a la iglesia de vez en cuando, pero mi relación
personal con Dios está en el suelo. No oro como debiera, no estoy escudriñando
las Escrituras, no estoy involucrado en algún ministerio, sirviendo al que me
llamó por soldado. Dedico más tiempo a la televisión, la novela, el deporte, la
casa, la Internet, que a cultivar mi vida espiritual. Cuando se me pide hacer
algo para Dios, miro mi agenda a ver qué espacio me sobra para darle un ratito
al Señor, y a regañadientes; hasta quejándonos y protestando.
No en balde hay tanto cristiano
por ahí apagado, sin gozo, y contristado. Te pregunto, ¿qué vas a hacer?
¿Seguir igual? Decir, como dicen algunos, “yo estoy bien, después que sepa que
si me muero voy para el cielo, Dios como quiera me ama y está conmigo”.
¡Cuidado! La cosa no es así. Vamos un momento a Mt.
25:14-30. ¿Qué le sucedió al siervo que escondió su talento? No le dijo el
Señor, “ay caramba, fuiste negligente, no hiciste nada, no multiplicaste lo que
te di, pero, qué le vamos a hacer, entra y no vuelvas a portarte mal”. Claro
que no. No pudo entrar, lo echaron a las tinieblas eternas. ¿Pastor y qué
quiere decir esto? ¿Perdió la salvación? Claro que no. No dio fruto, nunca lo
fue (Mt. 7:16-23).
Mire hermano, cuando usted
es de Dios, el ES que mora en usted le redarguye, le inquieta, le habla, y le
corrige. La salvación tiene que producir como resultado una transformación en
el corazón de la persona que le lleva a anhelar vivir para Dios y servirle de
corazón. Pero hay muchos que deben preguntarse si de verdad son de la luz, o
todavía yacen en tinieblas.
Pero si tú eres de los que
han sido iluminados y alumbrados con la luz del Evangelio de Cristo, y le has
conocido verdaderamente, te pregunto, ¿está el Señor demandando más de ti? ¿Te
has quedado rezagado, en pobreza espiritual cuando el Señor tiene para ti
tremendas bendiciones?