La Navidad

Reflexión Culto especial de Navidad

 

Jaimito cumplía años. Y una vez más su familia se preparaba para esa fiesta. Jaimito estaba contento y deseoso de soplar las velas y recibir los regalos que sus amiguitos le iban a traer. Pero su familia decidió hacer una tremenda fiesta con los hierros y sin miseria. Invitaron a sus amistades, ordenaron un tremendo banquete. Hasta contrataron una orquesta para bailar toda la noche y un D’J para amenizarla. Finalmente llegó el día y la gente comenzó a llegar. Mucha gente que Jaimito ni siquiera conocía. Hubo bebidas, baile, comida que ni botándola se acababa. Hasta dos personas entradas en palos se entraron a las trompás a media noche, y hubo que separarlos.

 

Pero Jaimito se quedó triste. Tantos preparativos, y se olvidaron de invitar a sus amiguitos, se olvidaron del bizcocho, y de cantarle cumpleaños feliz. El cumpleaños de Jaimito se convirtió en una excusa que la familia usó para hacer una gran fiesta, embriagarse y bailar toda la noche. Ya vencido por el sueño, Jaimito se fue a su cuarto, solo. Mamá y papá estaban demasiado ocupados atendiendo a aquella gente y sirviendo comida. Se quedó dormido mientras afuera la música retumbaba y la gente bailaba. Una vecina le decía a la mamá de Jaimito: “Oye, tremenda fiesta la que prepararon. Pero, ¿y cuándo van a celebrar el cumpleaños de Jaimito?” La mamá se quedó petrificada. “¿Dónde está Jaimito? La fiesta era para él. ¡Ay, si el bizcocho está en la nevera! ¡Yo sabía que me faltaba algo! No envié las invitaciones a sus amiguitos”.

 

Una vez más nos llega la época de Navidad tan esperada por muchos; especialmente los niños ansiosos de recibir sus regalos. Para otros, un tiempo de reunir a la familia donde algunos viajarán largas distancias para encontrarse con sus seres queridos lejanos. Para otros es un tiempo para olvidar las penurias y los sinsabores del año que finaliza, y abrir un nuevo capítulo con un nuevo año, nuevas resoluciones, nuevas ilusiones.

 

Otras personas no lo pasarán tan bien. Han perdido seres queridos, se han quedado solos y durante este tiempo de Navidad vienen a su mente los recuerdos de tiempos pasados que ya no volverán. No todo el mundo tiene alegría en la Navidad; para algunos es nostalgia y recuerdos tristes. Como decía la tradicional canción: “Navidad que vuelve, tradición del año, unos van alegres, otros van llorando.”

 

Según pasan los años, la Navidad se convierte cada vez más en una festividad pagana, un culto al dios del consumo, al derroche y la vanidad. Vecinos compiten unos con otros a ver quién tiene el patio más adornado, quién comprará los regalos más extravagantes y caros a sus hijos. Muchos de esos regalos tan codiciados terminarán en pocos días tirados en un rincón de la marquesina o del patio. En otro tiempo, cuando no había dinero para comprar en centros comerciales, los niños se conformaban con cosas bien sencillas, una muñequita de trapo, un carrito de lata, una bolita o un trompo, muchas veces fabricados por los mismos padres. Pero esos tiempos han pasado.

 

Hemos olvidado que los mejores regalos del mundo no se compran con dinero ni tarjetas de crédito. Porque con dinero podemos comprar una cama, pero no descanso. Podemos comprar  diversión, pero no felicidad. Podemos comprar sexo, pero no amor. Podemos comprar una casa, pero no un hogar. Podemos comprar compañía, pero no verdadera amistad. Debemos guardarnos celosamente de no caer en la trampa de ser deslumbrados y seducidos por la falsedad a la que este mundo nos quiere enredar. Que cambiemos lo mejor; aquello que Dios nos ofrece por medio de su amor y su gracia, por lo que pronto se acaba y no perdura.

 

Hace casi 2 mil años atrás recibimos el regalo más maravilloso, valioso e importante de todos los tiempos. El Dios creador del universo, del cielo y la tierra. El Dios de toda gloria y perfección se hizo de carne y hueso como nosotros y vino a este mundo. La Biblia nos dice para qué, y con qué propósito Jesús hizo esto: (Heb. 2:14-18). Jesús se hizo de carne y hueso para pagar él mismo con su sangre, lo que debíamos pagar nosotros con nuestra propia sangre y nuestra propia muerte. Por amor, el Hijo eterno de Dios se humanó para darnos vida por medio de su muerte. De esa manera nos abrió unas puertas que estaban cerradas para el ser humano pecador; las puertas de la gloria celestial.

 

En Navidad recordamos y conmemoramos el acto más glorioso e importante de toda la humanidad. No es la llegada de Santa Claus, no es la llegada de los magos de oriente. Conmemoramos la llegada a este mundo del Mesías prometido, y celebramos la redención y el perdón de los pecados. Cristianos; no perdamos de vista lo que significa la verdadera Navidad. Que los festejos, las compras, los arbolitos y la comida no sustituyan y opaquen lo que verdaderamente es importante y relevante en todo esto. Que no nos pase como a la familia de Jaimito. Sin Jesucristo la Navidad no existiría. Sin él la Navidad carece de sentido.

 

Mañana, cuando se levanten muy temprano tus hijos y vayan corriendo al arbolito a abrir regalos. Haz un alto por un minuto al menos y diles: “Ninguno de estos regalos es tan valioso e importante como el que Dios nos ha dado. Se llama Jesús. Y gracias a él, podemos tener paz, esperanza, y vida eterna.”