La diferencia entre el positivismo y la
confianza en el Dios soberano.
Por: René X. Pereira
Hallamos en el libro de los
Proverbios la siguiente exhortación:
“Hijo mío, no te
olvides de mi ley, Y tu corazón guarde mis mandamientos; Porque largura de días
y años de vida Y paz te aumentarán. Nunca se aparten de ti la misericordia y la
verdad; Atalas a tu cuello, Escríbelas en la tabla de
tu corazón; Y hallarás gracia y buena opinión Ante los ojos de Dios y de los
hombres. Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia
prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas. No
seas sabio en tu propia opinión; Teme a Jehová, y apártate del mal; Porque será
medicina a tu cuerpo, Y refrigerio para tus huesos.1"
Por todos lados oímos frases como
“confía en ti mismo”, “confiar en ti mismo es todo el estimulo que
necesitas”, “si te propones algo y crees en ti mismo, lo lograrás”.
Todas estas frases muy comunes en nuestros días nos estimulan a depositar toda
nuestra fe y confianza en nuestro propio potencial, en nuestras aptitudes y
capacidades. Todas ellas representan la tendencia actual que exalta el
potencial del ser humano y su fuerza o poder interno, el cual le permite lograr
aquello que desea y se propone. Algunos lo
llevan aun más lejos al afirmar que cuando ejercemos la fe en nosotros
mismos y pensamos positivamente, la energía de los pensamientos activan leyes o principios sobrenaturales que operan a
nuestro favor. ¿Pero no es acaso el tener una actitud positiva un factor que ciertamente
influye en el éxito de un individuo? Y por otro lado, ¿no es acaso el pesimismo
y la negatividad el peor estorbo que puede tener una persona que desea ese
éxito? El estudio de la conducta humana, llamada la psicología nos habla de lo importante que es tener una actitud positiva y
optimista para enfrentar los problemas de la vida. ¿Pero no es eso precisamente
lo que nos están diciendo los exponentes del evangelio de la prosperidad y la
salud, y los astrólogos y los psíquicos?
Existe una importante diferencia entre una actitud de
optimismo ante las situaciones de nuestra vida, y lo que hoy en día afirman los proponentes del pensamiento positivo en sus
diversas ramificaciones. Por ejemplo, desde la perspectiva cristiana es
bíblicamente correcto afrontar una situación difícil de manera optimista cuando
entendemos que Dios está al control de todas las circunstancias y que sin
importar el curso que tome una situación, podemos estar seguros que al final
todo obrará para bien para los que aman a Dios2. El creyente que ha entrado
espiritualmente hablando, al reposo de Dios3 puede descansar y mantener la
paz aún en situaciones difíciles porque sabe que no está solo y que Dios le
acompaña en todo momento. Es la misma actitud “positiva” que el salmista David
expresó cuando escribió: “aunque ante en valle de sombra de muerte, no
temeré mal alguno porque tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán
aliento.4" Es una confianza que se apoya
en la certeza de la presencia de Dios, en su soberanía y en las promesas de su
Palabra.
La confianza de los proponentes del pensamiento positivo
y sus parientes cercanos, los creyentes en la “súper fe”, descansa, no en estos
tres aspectos, sino en la infalibilidad de las leyes de la confesión positiva.
En otros términos, es confiar en el poder de la confesión y los decretos
verbales. La confianza termina siendo depositada en el potencial espiritual que
supuestamente el individuo posee, y no en el Dios soberano que tiene todo mi
futuro en sus manos y en quien puedo descansar sin temor alguno. El llamado
“Evangelio de la Prosperidad” no es otra cosa que una copia exacta de las
enseñanzas metafísicas y nuevaeristas de Helena Blavatsky, William Kenyon, Alice Bailey, y Mary Baker Eddie.
La distorsión del principio bíblico
de la fe.
El individuo que acepta estas
enseñanzas, aprende que todo lo bueno y lo malo que le sucede tiene origen en
su pensamiento y en su palabra. Como su ser es esencialmente divino y es un pequeño
dios, sus decretos desencadenan toda clase de acciones positivas y
negativas. Este es el principio del retorno: lo que uno declara o
piensa, eventualmente regresa; sea bueno o malo. No hay nada moral o ético en
este principio. Es simplemente una ley impersonal que el ser humano debe
aprender a manejar. ¿Dónde es depositada la confianza? En el yo interior, en su
“potencial ilimitado”, y en las leyes espirituales que operan en el universo.
Lamentablemente esta doctrina es la que está siendo
enseñada y promovida aún en los círculos evangélicos. En lugar de acercar al
creyente a Dios y a la dependencia absoluta a El, termina alejando a la persona
de la verdadera esencia divina. Se llega a aceptar la idea de que podemos tener
el mismo poder creador de Dios cuando operamos en el mismo plano espiritual en
que El opera. Es un poder que se puede desatar cuando se aprende a manejar
ciertas leyes o principios espirituales. Por eso interpretan el texto “tened fe
en Dios”5 como “tened la fe de Dios”.
Como dice Kenneth Hagin6, el llamado
“padre del movimiento de la prosperidad”, primero Dios creó las leyes
espirituales de la fe, y entonces utilizó esas mismas leyes para crear el
universo.
Todo esto resulta sumamente apetecible para una cultura
(como la nuestra), que desesperadamente busca poder. Pero la Palabra de Dios
apunta hacia un lado totalmente distinto. Fe es la confianza del hijo de Dios
hacia su Padre celestial. La pregunta es ¿cuál es la naturaleza de la fe y cómo
esta debe ejercerse? Los defensores del pensamiento positivo cristianizado, la
“Super Fe”, responden a esta pregunta empleando
Hebreos 11:3, “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por
la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.”
Para ilustrar lo que llaman la fuerza activa de la fe, Kenneth
Coopland explica lo siguiente: “El universo y las
fuerzas que lo gobiernan fueron creadas por
el poder de la fe, una fuerza espiritual. Dios, que es espíritu, creó
toda la materia por el poder de su fe7”. Otro predicador (Hagin) afirma: “¿Cómo Dios pudo hacerlo? Dios creyó que lo
que El dijo ocurriría, y así fue. Esta es la fe divina. El creyó en el poder de
su propia confesión.8”
Aquí nos hallamos ante una mala interpretación del texto,
lo que nos muestra cómo estas personas no vacilan en torcer y estirar los
textos bíblicos para sostener sus posturas. En la interpretación que hacen de
Hebreos 11:3 se asume erróneamente que Dios por medio de su fe creó el
universo. Pero el escritor de Hebreos no le está
atribuyendo fe a Dios. El lo que está diciendo es: “Por la fe entendemos...”
En otras palabras, nosotros los creyentes, por la fe es que podemos entender
que Dios fue el creador de las cosas visibles, por medio de su mandato. Es algo
totalmente diferente. Por causa de esta mala interpretación de Hebreos 11:3, la
fe es vista por muchos como una fuerza que es activada por la palabra hablada
para crear realidades específicas.
¿Pero cómo nos es presentada la fe en las Escrituras?
Hebreos 11:6 dice: “porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que
le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” Vemos que aquí el
apóstol está hablando de la fe, pero una fe centrada en una Persona: Dios.
Notamos entonces que el concepto de la fe, en la Biblia, envuelve una Persona
como su objeto. No una mera creencia en la existencia de Dios, sino el buscarle
de todo corazón, como indica más adelante. Es por ende, una fe que descansa en
una Persona (Dios) y no en una energía creadora impersonal que podemos manejar
si aprendemos cómo hacerlo.
En Mateo capítulo 8 tenemos la historia del centurión
romano que se acercó a Jesús rogándole que sanara a su criado. Cuando Jesús le
indicó que iría a casa de este soldado, éste le respondió, “Señor, no soy
digno de que entres bajo mi techo; solamente dí la
palabra, y mi criado sanará.” Este hombre conocía unos aspectos bien
específicos acerca de Jesús. ¿Pero qué era lo que él creía? ¿Acaso creía que
Jesús tenía fe suficiente para decir una palabra y que sanara el criado? En el
verso 9 vemos qué era lo que entendía el centurión. “Porque también yo soy
hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y
va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.”
El centurión se refirió a la autoridad de Jesús.
El entendía que Jesús tenía el poder y la autoridad para sanar, y porque creía
eso, fue capaz de confiar en la Persona de Cristo, reconociendo que no era
necesaria su presencia corporal en su casa para que sanara aquél hombre. ¡Esta
es la verdadera fe que nos muestra la Palabra! Una fe que depende directamente
de la autoridad y la soberanía de Dios, no necesariamente en los deseos de
nuestro corazón. El apóstol Pablo, cuando le pidió al Señor en tres ocasiones
que le quitara el aguijón que le atormentaba en su carne9 (no sabemos
con certeza lo que era, pero seguramente Pablo padecía de alguna condición de
salud por las referencias en otras cartas), El le contestó “bástate mi
gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Sea cual fuere
aquél aguijón, lo importante aquí es que la voluntad de Dios prevaleció sobre la
voluntad y el deseo de Pablo. En el plan soberano de Cristo, aquél aguijón era
un medio eficaz para el crecimiento espiritual del apóstol y su total
dependencia y humillación.
¿Acaso desconocía Pablo las “fuerzas energéticas de la
fe”? ¿No tenía el apóstol la revelación de las leyes espirituales de la
confesión positiva? ¿Por qué no recurrió a ellas para librarse de aquél
aguijón? Contrario a lo que algunos enseñan por ahí, se requiere más fe para
aceptar la voluntad de Dios aún cuando esa voluntad no sea de nuestro completo
agrado, que para cambiar las circunstancias a nuestro favor (cosa que no
podemos realizar por nosotros mismos). La Escritura está repleta de claros
ejemplos de circunstancias desfavorables que sufrieron los siervos de Dios, y
tuvieron que enfrentar. Los héroes de la fe de Hebreos 11 también sufrieron
vituperios, pobreza, rechazo, persecución y hasta la muerte; y alcanzaron buen
testimonio de la fe, aunque no recibieron en esta tierra lo prometido,
proveyendo Dios algo mejor para ellos.
La fe que promulga el Evangelio de la Prosperidad (que es
la misma fe energética de la Nueva Era), es una fe que parece
impresionar pero es sumamente floja. Es una fe que sólo acepta y tolera las
cosas favorables. Las personas que ostentan esta falsa fe, no están preparadas
para soportar las adversidades inherentes a este mundo imperfecto. Se
desmoronan porque son incapaces de resistir las pruebas y ver las adversidades
dentro del plan perfecto de Dios. Aquellos que descansan en la soberanía de
Dios y en su Palabra, también tendrán que pasar por tribulaciones, pero estarán
más capacitados para encarar los momentos difíciles, porque saben que a los
que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien10. La palabra “todas las cosas” no
excluye a ninguna. Cuando Dios tiene el control, podemos confiar en que las
cosas “negativas” tienen un propósito bueno, aunque por el momento no lo
podamos entender. El justo Job entendió esta verdad espiritual a tal grado que
habiendo pasado por tan graves circunstancias, no pecó contra Dios ni le
atribuyó despropósito alguno11.
La Ley de “atar y desatar”
Otro principio que ha sido sumamente abusado y
distorsionado por muchos líderes del pueblo evangélico es lo que identifican
como la ley de atar y desatar. Basados en una incorrecta interpretación
de Mateo 18:18 que dice: “De cierto os digo que todo lo que atéis en la
tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra será
desatado en el cielo.”, afirman los seguidores de la “Súper fe” que Cristo
en ese momento se comprometió a respaldar y a cumplir con todo aquello que su
iglesia decretara y ordenara en la tierra. El “apóstol” Rodolfo Font del ministerio Fuente de Agua Viva (FAV), en uno de
sus escritos en el periódico ‘La Nueva Conciencia’ nos dice: “Los cristianos
desconocen que tienen en su boca en poder de decretar, tanto lo positivo, como
lo negativo sobre sus vidas y los que le rodean. Ese poder viene como
consecuencia de la promesa que hizo Cristo de que todo aquello que sus hijos
ataran en la tierra, sería igualmente atado en los cielos...12”
Aparentemente el pastor Font desconoce que lo que
está enseñando proviene del ámbito de la brujería y el ocultismo, y jamás fue
lo que Cristo quiso enseñar en esta porción bíblica. Jesús estaba hablando (si
leemos los textos previos lo veremos claramente) de la autoridad de la iglesia
en cuanto a la disciplina y la amonestación de los rebeldes. Cuando la iglesia
disciplina siguiendo los principios sanos de la Palabra, está respaldada por
Dios. Ahí no habla absolutamente nada de que todo lo que la iglesia decrete en
la tierra, será también decretado en el cielo. En el campo del ocultismo existe
el principio de los decretos. De ahí la creencia en los maleficios, maldiciones
y conjuros. También en las religiones orientales se practican los “mantras” que son unos cánticos repetitivos destinados a
liberar energía espiritual. La idea es que lo que decimos con nuestros labios
nos regresa como bendición o como maldición, dependiendo de cómo fue dicho.
La Palabra sí nos enseña a utilizar nuestra lengua para
bendecir y edificar. Efesios 4:29 nos dice: “Ninguna palabra corrompida
salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a
fin de dar gracia a los oyentes.” También Colosenses 4:6 nos enseña
diciendo: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para
que sepáis cómo debéis responder a cada uno.” Finalmente la epístola de
Santiago en el capítulo 3, versículo 6: “Y la lengua es un fuego, un mundo
de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el
cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el
infierno.” En todos estos textos vemos claramente cuál es la verdadera
exhortación con relación al uso correcto de nuestra boca o nuestra lengua: ser de
edificación y bendición al que nos escucha, responder adecuadamente a cada
persona, y evitar contaminarnos con una lengua fuera de control. El único poder
que tiene nuestra lengua es de edificar o lastimar a otras personas. El Señor
nos dice que si le pertenecemos a él, no podemos por un lado bendecirle con
nuestros labios, y maldecir a los hombres con esa misma boca con que le
alabamos. El pretender atribuirle un poder sobrenatural a los decretos y
confesiones de los cristianos, de tal manera que Dios no se mueve si no damos
la orden, es una verdadera afrenta a su soberanía y una mala interpretación de
la verdad bíblica.
¡Una alerta!
Es menester tomar conciencia con relación a lo que está
ocurriendo dentro del pueblo de Dios. Muchos líderes religiosos están
redefiniendo sutilmente conceptos y doctrinas de tal manera que adquieren un
sentido muy distinto al que fue revelado en la Palabra. Bajo supuestas
revelaciones y comunicaciones divinas, se propagan grandes disparates
doctrinales. El creyente que no esté instruido y fundamentado en la Escritura,
no se dará cuenta que poco a poco cae en las redes del pensamiento místico nuevaerista, y abandona la fe cristiana. Verdaderamente
resulta más apetecible a nuestra cultura sedienta de poder, el presentar la fe
como el poder de decretar y activar la energía espiritual que obrará a mi
favor, y no como esa dependencia, confianza y descanso en el Dios que todo lo
tiene bajo su control y actúa conforme al designio de su voluntad. En el
primero, el ser humano posee el dominio, el poder. En el segundo, el poder está
en Dios, y él actuará como él quiere. ¿Habrá algún resultado positivo cuando el
hombre opta por jugar a ser Dios?
Notas
1Proverbios
3:3-8
2Romanos
8:28
3Hebreos
4:9-10
4Salmo 23
5Marcos
11:22
6Hagin, Kenneth. La Fe, Cómo
desatar su fe, p. 21.
7Coopland, Kenneth. The Face of Prosperity, p. 16.
8Hagin, Kenneth, The
God-kind of Faith, p. 18.
92 Corintios 12:7-10
10Romanos 8:28
11Job 1:22
12Font, Rodolfo. Periódico La Nueva Conciencia, noviembre 1997, p.9.