Esto es mi Cuerpo
Un
análisis del dogma católico de la transustanciación, su desarrollo histórico y
la refutación bíblica.
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Por: René Pereira, Jr.
El momento más solemne de la misa católica ocurre en la fase del ofertorio cuando el sacerdote pronuncia las palabras de consagración de la “eucaristía”. En ese momento se supone ocurra un milagro imperceptible para el ojo humano. Los elementos de la comunión: el pan y el vino, experimentan una súbita transformación. Las moléculas y compuestos que integran el pan y el vino comienzan a sufrir una metamorfosis sobrenatural hasta que dejan de ser meramente pan y vino y se transforman en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, respectivamente. A pesar de que a simple vista parecen seguir siendo pan y vino, y aunque de hecho al probarlos nos sigan sabiendo a pan y a vino, en realidad literalmente se han transformado en la misma carne y la misma sangre de nuestro Señor Jesucristo.
Por eso la misa católica, y todos los eventos que la componen, giran en torno a ese evento supremo y principal en el cual se ofrece el sacrificio de Cristo una y otra vez. De ahí el nombre oficial del servicio católico: el Santo Sacrificio de la Misa. ¿Tiene esto alguna base en la Escritura? El catolicismo sostiene que la base para esta doctrina se halla muy bien sostenida en la Biblia, especialmente en el sexto capítulo del evangelio según San Juan.
“Y Jesús
les dijo: De cierto, de cierto os digo: Moisés no os dio el pan del cielo, pero
mi Padre os da el verdadero pan del cielo, porque el pan de Dios es
aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre
este pan. Jesús les respondió: Yo soy el pan de vida. El que a mí viene nunca
tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed jamás. Pero ya os he dicho
que, aunque me habéis visto, no creéis. Todo lo que el Padre me da, vendrá a
mí, y al que a mí viene, no lo echo fuera. He descendido del cielo, no para
hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y la voluntad del Padre,
que me envió, es que no pierda yo nada de todo lo que él me da, sino que lo
resucite en el día final. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que todo
aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna; y yo lo resucitaré en el
día final. Murmuraban entonces de él los judíos, porque había dicho: «Yo soy el
pan que descendió del cielo», y decían: Este, ¿no es Jesús el hijo de José,
cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo dice ahora: “Del cielo he
descendido”? Jesús respondió y les dijo: No murmuréis entre vosotros. Nadie
puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae; y yo lo resucitaré en
el día final. Escrito está en los Profetas: “Y todos serán enseñados por Dios”.
Así que, todo aquel que oye al Padre y aprende de él, viene a mí. No que
alguien haya visto al Padre; solo aquel que viene de Dios, ese ha visto al
Padre. De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí tiene vida eterna. Yo
soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y aun así
murieron. Este es el pan que desciende del cielo para que no muera quien coma
de él. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguien come de este pan,
vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la
vida del mundo. Entonces los judíos discutían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede
este darnos a comer su carne? Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si
no coméis la carne del Hijo del hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en
vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo
resucitaré en el día final, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es
verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en
él. Así como me envió el Padre viviente y yo vivo por el Padre, también el que
me come vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros
padres, que comieron el maná y murieron; el que come este pan vivirá eternamente.
Estas cosas dijo en Capernaúm, enseñando en una sinagoga.” (Jn. 6:32-59)
El argumento del catolicismo es que las palabras de Jesús registradas por Juan, donde él invitada a las personas a comer su carne y beber su sangre son literales y no simbólicas. Que cuando Jesús se llamó a sí mismo el Pan de Vida, no era meramente una alegoría ni una comparación, sino una aseveración directa de su naturaleza eucarística. Más adelante estaremos analizando este texto bíblico. Sin embargo, la doctrina de la transustanciación no fue claramente definida por la iglesia de Roma, sino hasta después del Concilio de Trento, que fue convocado a raíz del surgimiento del protestantismo en Europa en el siglo XVI. Anteriormente a eso, vemos algunos escritos más antiguos que hablaban de la presencia corporal de Cristo en la eucaristía, como en los escritos de Cipriano (258 d.c.) e Ireneo (202 d.c.). A o largo de la Edad Media va incrementándose el carácter sacrificial de la eucaristía, y se introduce el término “Misa”. En aquél entonces existían diversos ritos o modos distintos de ofrecer la comunión: el rito romano, bizantino, ambrosiano y mozárabe. Tomás de Aquino, un importante teólogo católico en la Edad Media, trató el tema de la eucaristía y definió algunos conceptos en su escrito La Suma Teológica.
Pero no fue sino hasta el siglo XVI que el catolicismo definió el dogma de la transustanciación como lo conocemos hoy. El Concilio de Trento declaró que “si alguno dijere que en la Misa no se ofrece a Dios un sacrificio propio y verdadero, o el que ofreciere otra cosa que el dársenos Cristo como comida, sea anatema.” Según Trento, la Misa es en efecto una aplicación constante del sacrificio del Calvario, de un modo no cruel, en las manos del sacerdote. El mismo sacrificio que fue ofrecido en el Calvario es repetido cada vez que el sacerdote consagra el pan y el vino en el ofertorio. La idea general es que los fieles pueden participar una y otra vez de ese santo sacrificio para perdón de sus pecados y renovación de su vida espiritual. Por medio del sacramento de la confesión, el penitente es absuelto de sus pecados por el sacerdote, y el sacramento de la eucaristía le confiere la “gracia santificante”. Más aún, este sacramento puede ser ofrecido en favor de personas que ya han muerto, de tal manera que el sacrificio de Cristo les favorece para adelantar la salida del purgatorio.
Para presentar nuestro rechazo a este dogma expondremos los siguientes puntos:
1. La interpretación correcta de los textos bíblicos empleados por la iglesia católica romana, a la luz de la hermenéutica.
2. El verdadero significado de la Cena del Señor como un memorial de su sacrificio, y no como una repetición.
3. La naturaleza única y suficiente del sacrificio en el Calvario, y la imposibilidad de que el mismo pueda ser repetido o duplicado.
¿Qué estaba enseñando Cristo cuando les dijo a los judíos en Juan 6 que debían comer su carne? ¿Qué significan las palabras de Cristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna?
Las palabras de Jesús en Juan 6 fueron
dichas después que multiplicó los panes y los peces y alimentó a la multitud.
Esas personas que fueron saciadas físicamente, cruzaron el mar de Galilea con
el fin de volver a llenar sus estómagos. Jesús, conociendo lo que ellos
buscaban, les amonestó y exhortó a que procuraran la comida espiritual que él
ofrecía. Se presentó a sí mismo como el Pan de Vida que descendía del cielo
para saciar el hambre espiritual. Jesús dijo: “El que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida.” El
uso de alegorías fue parte importante de las enseñanzas de Jesús. Se llamó a sí
mismo la Puerta, la Roca, la Luz, etc. En Juan capítulo seis, Jesucristo emplea
la alegoría del Pan de Vida como parte de la enseñanza que quería impartir a
aquellas personas. Ellos se esforzaron mucho para encontrar a Jesús porque
querían volver a comer pan y pescado. Jesús les dijo: “De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no
porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.
Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para
vida eterna, la cual os dará el Hijo del hombre, porque a este señaló Dios, el
Padre” (Jn. 6:26). Jesús les exhorta a procurar, no la comida física, sino la
comida espiritual que él les ofrece.
Ante esta situación, los judíos le dicen que Moisés les
dio a ellos pan del cielo. Que esa era la señal que hacía de Moisés un verdadero
profeta enviado por Dios. Jesús les dice entonces que él es el pan que
descendió del cielo y: “El que a mí viene
nunca tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed jamás” (Jn. 6:35).
Un análisis de este texto nos muestra que Jesús está hablando en alegoría y se
está refiriendo a la necesidad que tiene el ser humano de creer y recibirle
para saciar su hambre espiritual. En sentido alegórico Cristo es el Pan de Vida
que debemos comer (recibir) para perdón de los pecados. Pensar que Jesús está
hablando aquí de la cena del Señor es totalmente absurdo, y peor aún es pensar
que está implicando que literalmente hay que comer su carne y beber su sangre.
Es como pensar que Jesucristo es una puerta, o una piedra, o una luz
literalmente. El es la puerta porque representa la única entrada que tenemos
para llegar al padre, es la roca, porque es el fundamento y piedra angular de
la iglesia, y es la luz, porque alumbra a todo hombre. De la misma manera es el
Pan de Vida porque, como el maná en el Antiguo Testamento, Cristo descendió del
cielo para saciar el hambre espiritual de las personas.
Otros textos empleados por la iglesia
católica para sostener su dogma de la transustanciación lo hallamos en Mateo
26:26, Marcos 14:22, Lucas 22:19 y 1 de Corintios 11:24. En todos estos textos
se habla de la institución de la Cena del Señor. La iglesia católica alega,
como hemos explicado, que las palabras dichas por Jesucristo en la última cena:
“esto es mi cuerpo” significan que
tanto el pan como el fruto de la vid se convierten en carne y sangre de Cristo
real y verdadera. Nuevamente Roma sostiene que Jesús estaba hablando
literalmente. De manera que unen la alegoría del Pan de Vida en Juan 6 con la
institución de la Santa Cena en los Evangelios para sostener el dogma de la
transustanciación. Sin embargo, cuando analizamos estos textos bíblicos notamos
un detalle que Roma para por alto y es las palabras del apóstol Pablo citando
al mismo Jesús cuando termina la cena, diciendo: “Haced esto todas las
veces que la bebáis, en memoria de mí”. Así pues, todas las veces que comáis
este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Co.
11:25-26). San Pablo, que como apóstol de los gentiles escribió a las iglesias
sobre muchos principios doctrinales, jamás presenta la cena del Señor como un
sacrificio o como un milagro que altera los elementos del pan y el vino. Pablo
claramente coloca a la cena del Señor como un memorial por medio del cual
anunciamos la muerte del Señor hasta el día de su venida. Si fuera como la
iglesia católica lo enseña, ¿no estaría claramente presentado este milagro (la
transustanciación) en las cartas apostólicas de Pedro, Pablo, Santiago y Juan?
Pero el dogma de la transustanciación podría verse como un asunto de fe de los católicos. ¿Qué de malo hay en que los fieles católicos quieran darle a la eucaristía ese significado que ellos pretenden darle, y alegar que cuando el pan y el vino son bendecidos por el sacerdote se transforman en carne y sangre de Cristo? Para los cristianos que amamos las Escrituras y vemos el sacrificio de Cristo en la cruz como uno perfecto y suficiente, la transustanciación es una terrible herejía y afrenta a la expiación de Cristo.
El autor del libro de los Hebreos (no se sabe a ciencia cierta si fue San Pablo), es muy claro en exponer el valor y la superioridad del sacrificio de nuestro Señor Jesucristo sobre los otros sacrificios de animales que los sacerdotes ofrecían continuamente en el templo, conforme a lo ordenado por la ley de Moisés. Aquellos sacrificios tenían una característica y es que debían repetirse continuamente para cubrir los pecados del pueblo. Todo aquél sistema era, de hecho, un símbolo o tipo del mismo sacrificio de Jesucristo, pues el principio era semejante: el cordero o macho cabrío era un sustituto que moría, siendo inocente, por los pecados de otro. El derramamiento de sangre era en el antiguo pacto la manera en que los pecados eran expiados, y con ello se estaba anticipando el derramamiento de la sangre de Jesucristo como único medio para limpiar los pecados del mundo.
Hebreos es muy claro en que el sacrificio de Cristo fue ofrecido una sola vez, y no muchas veces como entraba el sumo sacerdote cada año para ofrecer sacrificio por los pecados del pueblo. Nos dice Hebreos:
“Fue, pues,
necesario que las figuras de las cosas celestiales fueran purificadas así; pero
las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos, porque no
entró Cristo en el santuario hecho por los hombres, figura del verdadero, sino
en el cielo mismo, para presentarse ahora por nosotros ante Dios. Y no entró
para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar santísimo
cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer
muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los
tiempos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para
quitar de en medio el pecado. Y de la manera que está establecido para los
hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también
Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá
por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que lo esperan”
(Heb. 9:23-28).
Hebreos nos dice que el sacrificio de Jesucristo fue único, perfecto y suficiente. No puede ofrecerse muchas veces, como aquellos sacrificios de animales, porque el sacrificio de Cristo, una vez aplicado sobre aquél que se arrepiente y cree por fe, le justifica y le presenta perfecto delante de Dios. Por eso en el siguiente capítulo de Hebreos nos dice:
“Ciertamente, todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo
muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. Pero
Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados,
se ha sentado a la diestra de Dios. Allí estará esperando hasta que sus enemigos
sean puestos por estrado de sus pies. Y así, con una sola ofrenda hizo perfectos
para siempre a los santificados. El Espíritu Santo nos atestigua lo mismo,
porque después de haber dicho: Este es el pacto que haré con ellos después de
aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus
mentes las escribiré, añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y
transgresiones, pues donde hay remisión de estos, no hay más ofrenda por el
pecado.” (Heb. 10:11-18)
Parece como si el autor de los Hebreos estuviese
retratando lo que hacen los sacerdotes católicos en cada misa. Día tras día
ofrecen un sacrificio que en realidad no tiene ningún valor porque ya Cristo
ofreció el único y suficiente sacrificio que pagó por nuestros pecados. Una vez
Cristo ofreció el sacrificio de sí mismo, se sentó a la diestra de Dios porque
culminó su obra de expiación por el pecado. Con una sola ofrenda, dice Hebreos,
hizo perfectos para siempre a los santificados. ¡He ahí la razón principal por
la cual los cristianos evangélicos rechazamos el dogma de la transustanciación
sostenido por Roma! Implicaría afirmar que lo que hizo Cristo en el Calvario no
fue suficiente, por lo cual tenemos que repetir el mismo sacrificio una y otra
vez, cada vez que uno peca. Por el contrario, Hebreos 10:18 dice claramente: “pues donde hay remisión de estos, NO HAY MAS OFRENDA POR EL PECADO”
(Enfasis mío).
Si Cristo en la cruz, recibió el castigo que nos
merecíamos, tomó nuestro lugar como cordero sustituto, y pagó por cada uno de
nuestros pecados, ¿qué más ofrenda se necesita? A no ser que aquél sacrificio
en la cruz no fue suficiente para hacer perfectos a los que lo reciben. Pero la
Palabra de Dios nos dice lo contrario, aquél sacrificio de nuestro Señor fue
tan perfecto y completo que el mismo Pablo nos dice: “Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.”
(Ro. 8:1).
El problema del catolicismo siempre ha sido su
insistencia en un sistema de obras, ritos y sacramentos que pretenden
reemplazar lo que la Biblia enseña que es el camino de la salvación. La
Escritura nos dice que la salvación es por la sola fe en Cristo. Aquel que cree
en el que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Ro. 4:5). La
única manera de tener la justicia que Dios exige, es cuando la misma nos es
imputada por los méritos de Cristo, y no por los propios. Cuando creemos de
todo corazón en Jesucristo como único y suficiente Salvador, nuestros pecados
son perdonados en virtud de su sacrificio vicario. Ya no es necesario hacer más
sacrificios, ni ofrendas por el pecado. De ahí en adelante debemos andar en
buenas obras, no para salvación, sino como resultado de ella. Las buenas obras
son el fruto y la evidencia de la salvación, pero no pueden ser el medio para
adquirirla, porque somos pecadores y nuestra propia justicia es insuficiente.
El apóstol Santiago trata ese tema en el capítulo 2.
Capítulo que ha sido mal interpretado por los que defienden la salvación por la
obras, como lo hace Roma. Santiago no dice que somos justificados por las
obras, sino que la verdadera fe produce buenas obras. Y esto es muy distinto.
Por eso todo el sistema católico de penitencias, ofrendas y sacrificios se cae
al suelo cuando estudiamos la Biblia detenidamente y vemos el mensaje claro que
ella nos presenta. Nadie se salva comiendo una hostia, o por agua bendita, o
por tomar vino, sino: “Porque por gracia
sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros pues es don de Dios. No
por obras para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8).
Decimos que el mito de la transustanciación resulta una
gravísima afrenta al sacrificio de Jesucristo, porque pretende renovar y
repetir una y otra vez aquello que fue ofrecido de una vez y por todas. En
Hebreos 10:29 se nos advierte: “¿Cuánto
mayor castigo pensáis que merecerá el que pisotee al Hijo de Dios, y tenga por
inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado e hiciera afrenta al
Espíritu de gracia?” Tener por inmunda la sangre de Cristo es, entre otras
cosas, restarle valor a ese sacrificio. Es como si se pretendiera estar “crucificando de nuevo para sí mismos al
Hijo de Dios y exponiéndolo a la burla” (Heb. 6:6). El catolicismo eso es
lo que hace cuando afirma que el sacrificio de Cristo tiene que ser repetido en
cada misa una y otra vez porque lo que hizo Cristo en la cruz no es suficiente
ni completo. Es también equiparar la sangre de nuestro Señor con la de los
animales que eran ofrecidos en el viejo pacto; sacrificios que se ofrecían
continuamente porque no hacían perfectos a los que se acercaban. La
superioridad del sacrificio vicario de Cristo sobre aquellos sacrificios que
ofrecían los sacerdotes es que “con una
sola ofrenda, hizo perfectos para siempre a los santificados” (Heb. 10:14).
Cristo entró en el santuario celestial para presentarse por nosotros ante Dios,
y no para ofrecerse muchas veces como entraba cada año aquél sumo sacerdote
bajo la ley de Moisés, para ofrecer expiación en favor del pueblo. Cristo lo
hizo una sola vez y obtuvo eterna redención para los santificados.
¿Por qué este dogma es defendido de una manera tan
insistente por la iglesia católica? Creemos que hay una razón importante para
ello y es que la transustanciación le da a la jerarquía de la iglesia de Roma
una posición de supremacía sobre todos los fieles. La única persona que puede
bendecir los elementos de la cena (pan y vino) es el sacerdote. Solamente él
que puede pronunciar las palabras “mágicas” que transforman los elementos en
carne y sangre de Cristo. Esto, por supuesto, le confiere una autoridad que le
coloca por encima de las demás personas. Sin