¿En qué está fallando la terapia secular?

Por: René Pereira, Jr.

 

 

 

Existe una diferencia enorme entre en consejero secular y el cristiano. Y la misma estriba en que ambos parten de bases totalmente diferentes. Los consejeros seculares se basan en la filosofía humanista que considera el bienestar individual del ser humano como lo fundamental. Este bienestar está definido desde el marco de referencia del sujeto. Este determina su propia definición de lo que lo hace feliz. Por ende, la meta final del consejero secular humanista es ayudar al sujeto a sentirse bien. Cualquier cosa que haga a la persona sentirse bien es positiva, a menos que, según esta filosofía, interfiera con el bienestar de otras personas que tienen el mismo derecho al bienestar propio. En resumen, el concepto general es que la terapia debe ayudar al sujeto a lograr cualquier cosa que, dentro de su percepción e ideas personales, crea que le hará feliz. Esto se debe a que la filosofía humanista secular parte de la premisa de que no hay valores absolutos. Y aunque el terapeuta posea su propio esquema de valores, no permitirá que los mismos interfieran con el sistema de valores del aconsejado.

 

El resultado de esto es que cada vez más la salud mental trabaja enfocada en los síntomas de la gente en lugar de ir a la raíz de sus problemas. Y para eliminar la ansiedad, la depresión y otros síntomas que a menudo están asociados con los problemas que las personas confrontan, la medicación es la respuesta. No estoy en contra de la medicación, siempre que la raíz del problema sea fisiológica y requiera el uso de medicamentos para estabilizar al paciente. Pero muchos problemas de ansiedad, de depresión y dependencia de sustancias desaparecen cuando se trabaja con la raíz que los produce.

 

Proverbios 14:12 nos advierte: “Hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte.” Aquí hay un principio bien importante: hay decisiones y acciones que pueden producir cierto bienestar y felicidad en una persona, pero a la larga le traerá mayor sufrimiento. Por eso el consejero cristiano funciona totalmente distinto de su contraparte secular. Parte de la premisa de que la felicidad del ser humano, no importa quién sea, depende de cómo su vida se ajusta a los principios que Dios ha establecido. Y todo lo que va en contra de esos principios, no importa el bienestar temporal que produzca, a la larga traerá más desgracia y desdicha a la persona. El Dr. Larry Crabb afirma que “se puede seguir el rastro de la desesperación, la frustración, el resentimiento, la ansiedad, la culpa, la sensación de vacío, los síntomas neuróticos, directamente hasta un falso supuesto acerca de cómo satisfacer las necesidades personales”[1]. Estoy muy de acuerdo con este planteamiento. A menudo se pretende cambiar la conducta y los sentimientos de las personas cuando los supuestos y las bases sobre las cuales ha construido su vida y sus metas son bases falsas e incorrectas. Es la advertencia que hace Jesús cuando compara a los dos individuos que edificaron sobre cimientos distintos:

 

Por tanto, el que me oye y hace lo que yo digo, es como un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca. Vino la lluvia, crecieron los ríos y soplaron los vientos contra la casa; pero no cayó, porque tenía su base sobre la roca. Pero el que me oye y no hace lo que yo digo, es como un tonto que construyó su casa sobre la arena. Vino la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos y la casa se vino abajo. ¡Fue un gran desastre!” (Ver. Dios Habla Hoy)[2].

 

El mundo está lleno de seres humanos que están edificando sus vidas sobre la arena, sobre todo aquello que no ofrece verdadera paz ni felicidad genuina. Y se sienten muy seguros dentro se su burbuja artificial que les produce un falso sentido de bienestar; pero es cuestión de tiempo para que esa burbuja se rompa y todo se venga abajo. Eso es lo que Jesús quiso advertir en ese pasaje. Incluso hoy día hay iglesias que se han desviado de la verdad, ofreciendo a la gente soluciones cosméticas basadas en emociones y experiencias pasajeras, mientras se obvia por completo la realidad de que la vida no tiene sentido si no se vive en armonía con los principios de la Palabra de Dios. La promesa de Jesús no consiste en proveer a la gente de un placebo emocional o meras experiencias para escapar de la realidad. Consiste en una renovación que cambia radicalmente la perspectiva sobre la cual una vida se sostiene. Este es el nuevo fundamento del que Jesús habló que produce una “casa” capaz de resistir los embates de las tormentas de la vida. No existe terapia ni tratamiento sicológico que pueda lograr eso.

 

Hace un tiempo tuve una consejería con un joven homosexual. Se había criado en la iglesia y aceptó reunirse conmigo por insistencia de su madre cristiana. Para mí fue una conversación sumamente instructiva porque pude corroborar muchas cosas. El supuesto de este joven era que él podía ser feliz viviendo un estilo de vida homosexual, pero no podía alcanzar esa completa felicidad porque se sentía rechazado y señalado por la iglesia cristiana, la sociedad intolerante y familiares que no aprobaban su conducta. En otras palabras, el problema era la sociedad, la religión establecida y la gente que le rodeaba, no su decisión de ser homosexual. Me sospeché que esta manera de pensar no era original suya, sino que de alguna manera había llegado a su mente y la había adoptado como mecanismo de defensa. Efectivamente, luego de indagar más, me confesó que se estaba reuniendo con amistades que compartían su misma conducta. Ya había sido adoctrinado a crear barreras de protección para justificar su conducta homosexual. Y si acude a un sicólogo humanista, se le reforzará esa misma idea, ya que la APA (Asociación Americana de Psicólogos), debido a presiones de grupos de interés en sus filas, retiró de su manual de diagnóstico (DSM-IV) el homosexualismo como una conducta desviada.

 

Para el sicólogo secular humanista el problema de este joven consiste en un sentido de culpa causado por los prejuicios y la presión social que considera esta conducta como una inapropiada. Por lo tanto la terapia consistiría en que este joven enfrente su sentido de culpa aceptándose a sí mismo como homosexual. El resultado: una persona igualmente infeliz, y en adición, incapaz de reconocer que tiene un problema. En otras palabras, una situación peor que la anterior, porque rechazaría cualquier tipo de ayuda que reconozca el homosexualismo como un estilo de vida pecaminoso. Así como el dolor físico es un instrumento dado por Dios para alertarnos de que algo anda mal con nuestro organismo, la culpa es el indicador de que algo anda mal en nuestra vida, y la manera de lidiar con ella es el arrepentimiento y la restauración. La culpa desaparece cuando un individuo enfrenta su pecado de la manera correcta en lugar de buscar subterfugios, y halla el perdón de Dios y la restauración; no existe nada mejor que esto.

 

El principal problema de la mayoría de las personas en nuestra sociedad es que dependen de todo menos de Dios para satisfacer sus necesidades personales. Jesús se lo hizo saber claramente a la mujer samaritana: “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”[3]. El agua del mundo no satisface verdaderamente las necesidades del hombre; el agua de Dios sí. Fuimos creados para tener comunión con Dios y hallamos significado y realización en nuestra vida cuando estamos en armonía con nuestro Hacedor. Un terapeuta secular puede convencer a su paciente para que piense que es feliz; no puede lograr mucho más que eso. En cambio el Evangelio es poder para cambiar vidas, restaurar corazones y enderezar lo torcido.



[1] Crabb, Larry. El arte de aconsejar bíblicamente, p. 145.

[2] Mateo 7:25-27

[3] Juan 4:13-14