El Decreto de Dios

 

Por: Pastor René X. Pereira

 

 

La antigua confesión de Londres (1689) establece lo siguiente:

 

Dios, desde toda la eternidad, por el sapientísimo y santísimo consejo de su propia voluntad, ha decretado en sí mismo, libre e inalterablemente, todas las cosas, todo lo que sucede; sin embargo, de tal manera que por ello Dios ni es autor del pecado ni tiene comunión con nadie en el mismo; ni  se hace violencia a la voluntad de la criatura, ni se quita la libertad o contingencia de las causas secundarias, sino que más bien se las establece; en lo que se manifiesta su sabiduría en disponer todas las cosas, y su poder y fidelidad en efectuar su decreto.[1]

 

Existe una gran verdad que ningún cristiano que conoce la Biblia y los atributos de Dios puede negar: Dios es por naturaleza Soberano, Omnisciente, y Omnipotente. Esto significa que, no solamente creó en universo, y las criaturas que lo componen, sino que es quien controla y gobierna todo aquello que ha creado. Esto difiere, por ejemplo, de lo que se llamó el deísmo. El deísmo, que floreció en Europa el siglo XVIII, creía en la existencia de Dios como creador, pero afirmaba que después de crear al mundo, dejó de intervenir en el mismo, como el relojero que fabrica un reloj, lo echa a funcionar y lo deja solo. El deísmo llegó a negar totalmente la revelación especial de Dios (su Palabra, la encarnación de Cristo en el mundo y su revelación en la historia), y afirmaba que el hombre podía conocerlo por medio de su creación y la naturaleza (la revelación general de Dios).

 

Sin embargo la evidencia bíblica nos demuestra claramente que Dios, no sólo creó el universo con el poder de su Palabra, sino que el mismo subsiste, se sostiene y funciona por el mismo poder. No sólo eso, sino que también nos declara la Biblia que todo lo que ocurre en el mundo sucede bajo el predeterminado consejo y anticipado conocimiento de Dios. Es decir, que no solamente Dios sabe de antemano que tal o cual evento ocurrirá, sino que el mismo ocurre conforme a su decreto y a su voluntad.

 

1.      Isaías 14:24-27

2.      Isaías 46:9-11

3.      Salmo 115:3

4.      Salmo 115:5-6

5.      Daniel 4:35

6.      Isaías 45:5-7

7.      Romanos 9:17-21

 

La duda que surge cuando tocamos este punto es la siguiente: ¿Si tanto el bien como el mal ha sido preordenado por Dios, no lo convierte esto en co-autor del pecado y cómplice de la maldad? Y en segundo lugar, ¿no libera esto de culpa a las criaturas que cumplen los designios de Dios cuando obran la injusticia?

 

Podemos responder a estas interrogantes tomando en cuenta lo siguiente: La Escritura nos provee muchos ejemplos en los cuales actos que fueron malos y pecaminosos, fueron parte de un plan de Dios para glorificarse de una manera tremenda. Hay varios ejemplos:

 

1.      Cuando José es vendido por sus hermanos (Gén. 45:4-9)

2.      La dureza del corazón de Faraón (Ex. 7:1-7)

3.      Asiria como instrumento en las manos de Dios (Is. 10:5-15).

4.      Satanás como instrumento de Dios para perfeccionar a Job. (Job. 1:6-12; 40:10-17)

5.      La muerte de Lázaro y la demora adrede de Jesús para glorificarse (Jn. 11:3-7).

 

Los propósitos de Dios son tan maravillosos, insondables y altos que se nos hace imposible poder explicar cada causa y motivo que el puso en su soberana potestad. Pero algo sí debemos entender, y es que de ninguna manera el que Dios en ocasiones permita y se valga del mal implica que es cómplice del mismo. A la larga todo pecado será castigado, y en el castigo él se glorificará, aunque el que desobedece no sepa ni pueda entender que sus acciones pudieron haber contribuido al cumplimiento del propósito de Dios (Hch. 2:22-24).

 

Queda una segunda interrogante: ¿Son entonces responsables aquellos que obran la maldad bajo el predeterminado consejo de Dios, en su voluntad permisiva? ¿Podemos culpar a Judas Iscariote de haber traicionado al Maestro, si era el hijo de perdición para que se cumpliese la Escritura?

 

Pongámoslo de esta forma: Si Dios se metiera en el corazón de los malvados para persuadirlos y conducirlos como máquinas a obrar el mal, entonces no serían éstos responsables, sino el mismo Dios. Pero así no ocurre. Primero, porque Dios no puede ser tentado del mal, ni él tienta a nadie. En segundo lugar porque no necesita hacerlo de esta forma. La Biblia nos dice que es la mano de Dios la que tiene el poder de frenar o darle paso a la maldad. De hecho, el mundo todavía es tolerable para habitar porque Dios en su providencia aún mantiene el freno ante el misterio de la iniquidad (2 Tes. 2:7-12). El pecado es algo que ya está en el mundo y en el corazón de cada ser humano. Dios no necesita incitar o forzar a nadie a hacer lo malo. Eso es natural en la naturaleza del hombre caído. Cada ser humano es responsable e inexcusable ante Dios por su pecado, porque sigue siendo pecado, aunque el mismo sirva para resaltar la santidad y la justicia de Dios.

 

En el caso de Judas y los otros once discípulos consideremos esto: Juan 17:6-12 Jesús ora por sus discípulos y enfatiza el hecho de que los once fueron escogidos, separados del mundo y dados a Cristo. Uno de ellos, Judas, no fue escogido. Veámoslo de esta manera: Si no hubiera sido por la elección y el propósito divino en los once discípulos, entonces hubieran sido doce los traidores, y no uno. La razón por la que Judas traicionó a Jesús es porque era del maligno, él hizo lo que hicieron todos aquellos que no recibieron la gracia de Dios para creer en el Cristo. Judas estaba entre los discípulos y fue contado entre ellos, pero él nunca fue salvo.

 

¿Es responsable Judas y todos aquellos que entregaron y rechazaron a Jesucristo, aún cuando era lo que estaba predeterminado? Sí. ¿Utilizó Dios esa traición y lo que hicieron los sacerdotes, Pilatos, y los soldados para cumplir sus propósitos? Sí. (Juan 19:9-16) ¿Cómo puede Dios cumplir sus propósitos permitiendo todo el mal que voluntariamente infligen sus criaturas, sin tener que forzarles a ello, manteniendo así su carácter santo? Es un misterio que escapa a nuestra humana comprensión, porque Dios es Dios, y todo lo que ha decretado y se ha propuesto hacer, lo hará. No podemos saber cómo Dios lo hace, pero sabemos por su Palabra que lo hace, y de tal manera que a la larga todo redunda para su gloria y para el bien, como ocurrió con el pecado de los hermanos de José que lo vendieron como esclavo: “Ustedes pensaron contra mi, mal, pero Dios lo encaminó a bien…” (Gén. 50:20)

 

Dios y el problema del mal

Uno de los puntos más difíciles de entender, y que ha sido históricamente utilizado como un argumento en contra de la existencia de Dios, es cómo puede coexistir un Dios Todopoderoso, soberano, y a la vez exista el mal. El argumento empleado por los ateos para afirmar que no puede existir Dios parte de ese mismo dilema:

 

1.      Si Dios fuera bueno, destruiría el mal

2.      Si Dios fuera omnipotente, tendría el poder para destruir el mal.

3.      Pero el mal no ha podido ser destruido.

4.      Por lo tanto, no hay Dios.

 

Este argumento es lo que en la lógica se conoce como un silogismo. El silogismo se compone de las premisas y la conclusión. La idea es que si las premisas son correctas, también la solución tiene que ser correcta. El problema con el silogismo anterior es que parte de premisas incorrectas. Y si las premisas son incorrectas, también lo serán las conclusiones, resultando lo que se conoce como una falacia.

 

El primer punto nos lleva a cuestionar la bondad de Dios. ¿Cómo un Dios que es bueno, permite que el mal exista y no lo ha eliminado aun?

 

Hay dos posibles respuestas a esta pregunta:

 

1.      Dios no ha eliminado aun el mal porque no ha podido.

2.      Dios no ha eliminado aun el mal porque no ha querido.

 

Si Dios no ha podido eliminar el mal, entonces Dios no es Todopoderoso. Hay un ser más poderoso que él, que es capaz de neutralizar su poderío: Satanás. Por el contrario, si Dios no ha querido eliminar el mal, entonces Dios es cruel o cómplice de lo malo, porque tiene los medios para acabarlo, y no lo quiere hacer. La Biblia nos descarta el primer punto. No hay ser en el universo que sea casi tan, igual o más poderoso que Jehová. A pesar de que muchos cristianos hoy exaltan el poder de Satanás hasta llegar a creer que puede alterar los planes de Dios, o interferir con su poder, la Palabra nos enseña que el diablo no puede hacer nada sin el permiso de Dios, y su poder es uno limitado.

 

Tenemos que volver al decreto y a la soberanía de Dios para poder resolver este dilema que aquellos que no creen en estas doctrinas (los arminianos) no son capaces de resolver. El Dios de los arminianos es uno limitado en extremo. Está atado al libre albedrío de sus criaturas de tal manera que su voluntad tiene que detenerse. Tuvo la mejor intención de hacer las cosas bien, pero todo le ha salido mal.

 

1.      Creó a los ángeles, y uno de ellos se reveló, y se llevó consigo a una tercera parte.

2.      Creó al hombre, y también se reveló, y su pecado contaminó a toda la humanidad y a la misma creación.

3.      Trató de formar un pueblo escogido, y ese pueblo lo abandonó y se fue tras los ídolos.

4.      Les envió un Salvador, y ellos lo desecharon y lo mataron.

5.      Decidió entonces buscar a los gentiles, pero la mayoría de ellos rechazan a Dios y siguen sus propios razonamientos.

 

Si todo esto ocurrió fuera del decreto y la soberanía de Dios, entonces tenemos como deidad a un ser que hay que cogerle pena, el pobrecito ha tratado de hacer las cosas bien, pero siempre su propia creación se le daña y sus criaturas le sabotean sus planes.

 

¡Pero ese no es el Dios de la Biblia! Es una mera caricatura fabricada por aquellos que no quieren aceptar la soberanía de Dios, y que aún el permitir el mal está dentro de sus sabios decretos. La Escritura nos da varias razones por las cuales Dios no decidió destruir el mal inmediatamente:

 

1.      Para Dios mostrar su gloria y su poder, ha soportado con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción. (Ro. 9:22)

2.      La injusticia de los pecadores hace resaltar la justicia de Dios. (Ro. 3:5)

3.      Quien termina sufriendo las consecuencias de su propia maldad es el hombre mismo, es parte del castigo que justamente merece. (Ro. 1:21-24)

4.      Cuando abundó el pecado, sobreabundó la gracia. (Ro. 5:20-21; 11:32)

5.      Al permitir el mal, muchas veces Dios tiene en sus planes traer un bien mucho mayor. (ver 5 puntos página 2).

 

¿Por qué Dios ha escogido trabajar de esa manera? ¿De qué forma Dios logra que todo a la larga obre para bien y coopere en sus planes? Estas son preguntas que no podemos responder porque como seres humanos limitados, que no tenemos toda la revelación, sino aquello que la Escritura nos ha mostrado, para nosotros es un misterio. Tenemos que concluir como Pablo:

 

“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son tus juicios, e inescrutables tus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Ro. 11:33-36)

 

Sabemos por la Escritura que a la larga todo pecado será castigado. Más aún, sabemos que toda persona que muere tiene que presentarse delante de Dios para dar cuenta de sus obras. La Biblia habla de un juicio final que ocurrirá al final de los tiempos. Pero toda persona que muere sin Cristo, va al infierno (el Hades), que es lo que los teólogos llaman el estado intermedio. Se llama así porque es el lugar donde los impíos están separados de Dios y en tormento, aguardando el día del juicio. El lago de fuego es el lugar final donde irán por toda la eternidad todos aquellos cuyos nombres no estén inscritos en el libro de la vida.

Lo que estamos diciendo con esto es que sí la maldad está siendo castigada de muchas maneras: muchos comienzan aquí en la tierra, sufriendo en carne propia las consecuencias de su pecado. Después de vivir aquí en la tierra (que en el tiempo de Dios sería un abrir y cerrar de ojos), los malvados son arrojados al infierno. Y finalmente, tanto los ángeles como los seres humanos tendrán que comparecer ante el gran trono blanco para dar cuenta ante Dios.

 

Por consiguiente tenemos que concluir que el mal ha sido castigado, está siendo castigado, y seguirá siendo castigado, hasta el día en que Dios en su soberanía pondrá fin a toda injusticia y pondrá en orden todas las cosas. Los creyentes vivimos en la esperanza de ese gran día.

 

¿Qué NO estamos afirmando?

Es importante, al tratar un tema tan profundo y difícil de entender, cuidarnos de no asumir una interpretación equivocada. Los siguientes puntos son erróneos, y debemos evitarlos:

 

·        Como Dios utiliza muchas veces el mal para de alguna manera glorificarse, entonces mis acciones malas o las de otras personas son voluntad de Dios, y no debemos rechazarlas.

·        Todos aquellos que obraron el mal dentro de la voluntad permisiva de Dios, no son verdaderamente culpables de sus actos.

·        Todo está predestinado, y por lo tanto no debo confrontar u oponerme al mal, porque está ya preordenado también.

Conclusión

De qué manera Dios utiliza y se vale del mal que hacen sus criaturas para cumplir sus propósitos santos y perfectos, es un misterio para nosotros. Lo que sí es que a la larga todo pecado será castigado, y Dios será glorificado. Esto debe llevarnos a meditar en la grandeza de Dios, que tiene todo bajo su control, y que aún Satanás termina obrando conforme a lo que Dios le ha permitido para glorificarse a la larga. En todo esto el carácter de Dios permanece santo y perfecto, por cuanto no es autor del pecado, ni se hace copartícipe con el mismo.



[1] Parte III, Inciso 1, Del decreto de Dios. 2da Confesión de Londres, 1689.