Edificando tu Casa

Proverbios 24:3-6 (DHH)

Con sabiduría se construye la casa, y con inteligencia se ponen sus cimientos; con conocimientos se llenan sus cuartos de objetos valiosos y de buen gusto. Vale más hombre sabio que hombre fuerte; vale más el saber que el poder, pues la guerra se hace con buenos planes y la victoria depende de los muchos consejeros.

 

En ningún momento de la historia, en nuestro país y en occidente, se ha desatado una crisis en la familia y en los hogares, como la que estamos viviendo en estos tiempos. En muchos hogares se vive una pesadilla de problemas, tanto en la relación de la pareja, como en la relación con los hijos. El promedio de duración de un matrimonio es de tres a cinco años. De cinco parejas que se casan, cuatro se divorcian, por lo general dentro de los primeros cinco años de su relación.

 

Los valores y principios que una vez fueron la base de nuestra sociedad, se han ido perdiendo, y hoy día mucha gente vive al garete. Escuchaba a una trabajadora social decir que la preocupación de muchos padres al enterarse que sus hijos cortan clases y abandonan la escuela, es que le van a quitar los cupones y las ayudas que reciben. No les preocupa para nada el futuro y bienestar que le espera a sus hijos. Cómo se las arreglarán en el futuro para ser personas de bien, de vidas provechosas.

 

Antes, cuando un padre era llamado a ir a la escuela para hablar con los maestros sobre alguna situación con los hijos, iba en la actitud de respeto a la posición del maestro y dispuesto a enderezar al muchacho. Ahora no. Cuando van, muchos llegan en una actitud de desafío, y dándole más credibilidad a los argumentos del muchacho que a los del maestro. Antes a los hijos se les enseñaba desde pequeños a asumir responsabilidades, a cooperar en la casa, a respetar a los adultos, y a aprender a trabajar para ser personas útiles en el mañana. Ahora no. Muchos padres se han convertido en esclavos de sus hijos, y aún después que son adultos y casados, tienen que seguir asumiendo responsabilidades que deberían asumir sus hijos.

 

De la manera en que muchas personas, aún creyentes, están funcionando en sus hogares y en su vida familiar, nunca; repito, nunca podrán tener descanso y paz en sus vidas. Difícilmente podrán llegar a la vejez y poder disfrutar de la bendición de ver a sus hijos desenvolverse en la vida, asumir sus propias responsabilidades y pasar sus últimos días sobre la tierra en paz.

 

Las estadísticas del Departamento de la Familia, según de publicó por el gobierno en el año 2004, determinó que una gran cantidad de menores de edad están bajo el cuidado y manutención de sus abuelos, y no de sus padres. Muchos de los padres de esos niños carecen de las cualidades necesarias para criar a sus propios hijos, porque están tan amarrados en sus propios problemas, enredos, situaciones y prioridades tan invertidas, que no tienen las herramientas necesarias para formar a sus hijos. Son incapaces de transmitirle valores, ejemplo y principios que no aplican a sus propias vidas.

 

En el pasaje que leímos al inicio del sermón, se nos da un principio sumamente importante: Para edificar tu casa, levantar una familia sana, con una base sólida, tienes que edificarla con buenos cimientos; los cimientos de la sabiduría, el conocimiento y la inteligencia. ¿Pero de qué conocimiento, sabiduría e inteligencia nos habla aquí? Porque hay personas muy inteligentes y de mucho conocimiento, pero sus hogares son un desastre. No es el conocimiento humano, ni los libros de psicología, ni el coeficiente intelectual del individuo. Es la sabiduría y el entendimiento que proviene de Dios. Son los principios que nos da su Palabra. Por eso dice el proverbista: “Vale más hombre sabio que hombre fuerte; vale más el saber que el poder.”

 

Jesús mismo habló acerca de esto en Mateo 7:24-27… Lo que determina la resistencia de una estructura es su cimiento. Es el cimiento lo que sostiene y le da solidez a lo que se edifica encima. Jesús dijo: “el que oye mi palabra y la pone en práctica, es el hombre sabio que puso el fundamento sobre la roca”. Hay cimientos buenos y cimientos malos. La arena no es un buen cimiento porque se erosiona, cede con facilidad; no es estable. Así mismo hay personas que han puesto como cimiento de sus hogares las cosas inestables y perecederas de este mundo (1 Jn. 2:17). Los que edifican sobre cimientos débiles, no podrán sostenerse cuando soplen las tormentas de la vida.

 

Permítame insistir en este punto: No basta con venir a la iglesia. Ni siquiera basta con el hecho de ser cristianos. Conozco a muchos cristianos cuyos hogares no son sanos ni estables. Y la razón es sencilla: No han querido ajustar sus vidas, sus metas y sus prioridades a la Palabra de Dios. Son oidores, pero no hacedores de la Palabra. No están permitiendo que el Señor tome el control de sus hogares y de sus propias vidas. Y el Salmo 127 es bien claro en esto: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican… Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores; pues que a su amado dará Dios el sueño.”

 

El texto es bien claro. De nada vale el trabajo de sol a sol, el esfuerzo humano, y la prosperidad económica lograda con miles de sacrificios, si Dios no está edificando la casa. He visto padres luchadores y trabajadores que con miles de sacrificios logran edificar sus hogares, pero desde el punto de vista material, social, incluso académico; pero sin el consejo de Dios, sin su bendición.

 

Termina diciendo el pasaje que leímos al principio, de Proverbios 24:5-6: “Vale más hombre sabio que hombre fuerte; vale más el saber que el poder, pues la guerra se hace con buenos planes y la victoria depende de los muchos consejeros.”  Un país no va a la guerra sin antes sentarse sus generales y estrategas a planificar y a establecer un plan para poder derrotar al enemigo. Ir a la batalla sin plan ni estrategia es suicidio. La vida es como una batalla, donde nos vamos a enfrentar con situaciones difíciles, amenazas, peligros, trampas, etc. La mejor manera de usted estar preparado para vencer en esa batalla es tomando las armas espirituales que Dios le ha dado (Efesios 10:1-13).

 

 

 

 

 

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