Cristianos Auténticos

1 Juan 1:4-9

 

 

“Gustavo estaba que echaba chispas por sus ojos. Ya estaba montado en su automóvil y sus manos no cesaban de tocar bocina. Su esposa salió afuera y le dijo que tuviera consideración de sus vecinos. En su cuarto lloraba Edmarie desconsolada. “Ya no aguanto más”, dijo en un sollozo que le salió del alma. Su madre le apuraba recordándole lo furioso que se ponía su padre, cosa que no tenía que recordarle porque era algo de lo que ya estaba hastiada. Las dos oyeron un portazo, y el vozarrón de Don Gustavo. Ambas quedaron petrificadas. Su madre la agarró por un brazo rogándole que avanzara. “Ya vamos” dijo Sara, pero fue tarde. Gustavo volvió a insultarlas, repitiéndoles lo mucho que le disgustaba llegar tarde a la iglesia.

 

Como siempre, todos viajaron mudos hasta el momento que llegaron al culto. Gustavo abrió su boca en “alabanzas”, mientras su esposa, Sara, sollozaba con los labios apretados para que nadie notara la tristeza de su alma. Edmarie contemplaba aquel cuadro, deseosa de gritar a los cuatro vientos quién verdaderamente era el “hermano Gustavo”. No obstante bajaba su cabeza y oraba por su padre. Lágrimas llenaban sus ojos mientras rogaba que dejara su religiosidad y rindiera su corazón a Dios. Con cuánto dolor le observaba. Sabía que si seguía viviendo de apariencias, algún día tendría que dar cuentas a Dios.” (Libro “Lo que nos pasa”, por Gretchen Figueroa, p. 89-91).

 

He querido introducir el mensaje utilizando esta cita de este libro que nos contesta la pregunta ¿Qué nos pasa Puerto Rico?  Pero la pregunta que deberíamos contestar es ¿qué nos pasa iglesia? ¿Por qué en PR hay tantas iglesias, tantas religiones con cuanto nombre usted se pueda imaginar, denominaciones y concilios con nombres tan llamativos?  ¿Por qué hay tanta alabanza, música, emociones, pero la gente allá fuera no está muy interesada en acercarse a la iglesia? Y algunos dicen, es que la gente está apática, no quieren oír acerca de Jesús, están duros. Pero la pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿estamos nosotros siendo la luz del mundo y la sal de la tierra que Cristo nos mandó a ser? ¿Estamos haciendo la diferencia en medio del mundo, la familia, la comunidad y las personas que nos rodean?

 

Yo me pregunto cuántas escenas parecidas a estas han ocurrido en la mañana de hoy cuando muchas personas se preparaban para venir a adorar a Dios. Cuántos hijos están sentados en las iglesias ahora mismo observando a sus padres y diciendo: “¡Adiós, pero este no era el que ahorita estaba discutiendo y gritando en casa!”

 

Precisamente este es el mensaje que el apóstol Juan escribe inspirado por Dios en esta carta. En primer lugar es: Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en él. ¿Qué quiere decir esto? Que Dios es un Dios santo y por lo tanto en él no hay sombra ni mancha alguna. Por consiguiente, si nosotros decimos que tenemos comunión con él, si decimos que él es nuestro Padre, si declaramos y confesamos que ese Dios Santo y Justo mora en nosotros, pero a la misma vez, andamos en tinieblas, estamos mintiendo. Y permíteme aclarar este punto: Juan no está diciendo aquí que si somos cristianos ya somos completamente perfectos, y no hay faltas en nosotros. De hecho, eso lo aclara más adelante. Pero lo que significa esto es que no podemos decir que estamos en Cristo, que Dios está en nosotros, pero a la misma vez andamos en tinieblas y practicamos el pecado, deleitándonos en él.

 

Andar en tinieblas significa vivir en un estado permanente y continuo donde doy apariencia de ser santo y piadoso, pero a la misma vez vivo una vida de contradicción y práctica del pecado. El verdadero cristiano es redargüido por el Espíritu Santo que mora en él, es una nueva criatura y como resultado odia y aborrece el pecado. Tiene que gritar diariamente como Pablo, “¡Miserable de mí, quién me librará de este cuerpo de muerte!” Así lo enseña también San Pablo en Romanos 6:17-22. Cuando no conocíamos a Dios y vivíamos en nuestra ignorancia éramos esclavos del pecado. Pero ya no. Si de verdad hemos sido transformados por medio de la fe en Cristo, aunque llevamos en nuestra carne la lucha constante contra el viejo hombre, ya el pecado no puede enseñorearse de nuestra vida, porque hemos sido libertados.

 

Eso es lo que dice Juan precisamente. Tú no puedes andar en luz y en tinieblas al mismo tiempo. Si eres de la luz, tu vida tiene que manifestar las obras de la luz. Pero si lo que se manifiesta realmente son las obras de las tinieblas, entonces no puedes estar en la luz.

 

El verso 7 de 1 Juan capítulo 1 nos dice la segunda gran verdad. Si andamos en luz, como él está en luz, ocurren dos cosas: primero, tenemos comunión unos con otros. Y segundo, somos continuamente limpiados mediante la sangre de Cristo. ¿Qué significa esto? Vamos con el primero:

 

1.     Una persona que diga que es un genuino cristiano, pero no puede amar a su prójimo, no puede tener comunión con sus hermanos, o no está dispuesto a perdonar, tampoco está en luz. El apóstol Juan abunda en esto más adelante (1 Jn. 2:9, 1 Jn. 4:20). La persona que dice que es cristiana, pero no puede tener comunión con otros, no puede amar a otros, todavía permanece en tinieblas. Y la razón obvia es que Dios en sí mismo es amor (1 Jn. 4:7-8). Y no es amar a los que te caen bien, sino, como Cristo enseñó, implica sobre todo amar aún a los que te aborrecen y te desean mal. Perdonar a los que te ofenden, aún cuando pienses que no se lo merecen o que no vale la pena.

 

Escuche bien esto: las iglesias están llenas de personas que dicen ser de Dios, pero el amor de Cristo no está en ellos. Se pasan criticando, menospreciando a otros, andan con orgullo, y se muestran indiferentes ante las necesidades de los demás. Piensan solo en sí mismos y en sus necesidades. Porque no es un amor de la boca para afuera, es un amor de entrega y sacrificio por los demás. Hay mucha religiosidad, apariencia, aparente conocimiento teológico, pero no hay amor verdadero.

 

2.     En segundo lugar, dice Juan que por cuanto tenemos comunión con él, y estamos en luz, la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado. Y en el griego la palabra que se utiliza es kadsarízo. Esta palabra significa una limpieza constante. La sangre de Cristo nos limpió cuando nos convertimos a Cristo, pero esa misma sangre continúa limpiándonos cuando acudimos a él cuando fallamos. Así lo explica en 1 Juan 1:9, “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.”

 

El andar del creyente es uno de constante limpieza. Aunque en cuanto a nuestra posición como hijos de Dios, ya estamos completos, en lo que respecta a nuestra santificación, diariamente tenemos que lidiar con los restos de la vieja criatura que hay en nosotros. Así lo dice Pablo en Colosenses 3:5-10, “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros…” Note este último versículo, “se va renovando”. Esto quiere decir, amados que el verdadero creyente se tiene que ir renovando constantemente. No se puede acomodar, conformar a una vida cristiana mediocre, donde el pecado y la injusticia sea la norma, lo usual, lo cotidiano. El verdadero cristiano es uno que sigue corriendo hacia la meta, hacia esa estatura espiritual.

 

Pero desafortunadamente hoy día ya casi no se oye predicar acerca de la mortificación del yo y de la carne desde los púlpitos de muchas iglesias. La predicación que está de moda hoy día es la que te habla de otras cosas que no implican santificación, entrega, negación o renuncia. Ahora el tema favorito es cómo ser más exitoso en los negocios, cómo tener una imagen positiva de ti mismo, etc. ¿Y cuál ha sido el resultado? Bueno, antes usted veía que los cristianos se distinguían de los mundanos porque su estilo de vida, sus costumbres y su ejemplo era diferente. Y de nuevo, no estoy diciendo que la iglesia es un asilo de santos; no, es un hospital de pecadores. Pero de pecadores que están siendo renovados, cambiados y transformados por el poder de Dios. Porque el evangelio que predicamos es poder de Dios para salvación y transformación. El Cristo que predicamos tiene el poder para cambiar el corazón del ser humano y sanar su matrimonio, su familia, su interior, y convertir una vida desecha, en un nuevo ser (2 Co. 5:17).

 

Y eso es lo que significa ser un cristiano auténtico. Es que tu vida dada día vaya reflejando más a Cristo. Y no te desanimes. Es un proceso, a veces un proceso difícil, doloroso, pero necesario así como el barro tiene que ser apretado, moldeado por el alfarero, y después ser puesto en el horno caliente para que se convierta en una preciosa y útil vasija.